post

San Jorge, los olivares, y el Dragón.

Imagínese un monstruo del tamaño de un elefante africano, con unas fauces de tal dimensión que pueda engullir un árbol de un solo trago. Tan grande es su boca, que todo él es boca. Sus dientes no forman una sola línea, sino que cubren toda la profundidad de su garganta.  Cuando avanza, sus rugidos pueden oírse a kilómetros a de distancia. Pero no sólo es feroz brutalidad. De los árboles sólo codicia sus frutos, siendo capaz de extraerlos con gran habilidad gracias a la movilidad de sus dientes, expeliendo el árbol prácticamente intacto por aquella parte donde la espalda pierde su casto nombre. Ahora, deje de imaginar. Porque esta bestia mitológica, que pareciera sacada de un bestiario medieval,  no sólo está en su imaginación. Se está extendiendo por los campos españoles y sus jinetes la hacen llamar cosechadora cabalgante.

En los años 60, la mecanización integral, completamente desarrollada en los cultivos herbáceos, acababa de nacer en forma de vibradores de troncos entre los cultivos leñosos. No fue hasta principios del presente siglo cuando las máquinas recolectoras de aceituna de almazara y almendra alcanzaron su edad adulta en forma de cosechadoras cabalgantes. Las tipo vendimiadora se usaron por primera vez en la cosecha de uva de vinificación en espaldera, pasando más tarde a emplearse en plantaciones de otros cultivos leñosos, como el olivar y el almendro,  adaptados a su funcionamiento mediante la formación en seto. Las tipo Colossus, parece que para ganarse su titánico nombre, crecieron para poder cabalgar olivos de mucho mayor porte.

Cosechadora de café, muy similar a las cosechadoras cabalgantes de olivar y almendro.

Cosechadora cabalgante.

No hace falta acudir a las estadísticas para constatar su multiplicación. Basta con levantar la mirada cuando nos trasladamos en tren o por carretera fuera de las ciudades de la mitad sur peninsular. Por donde pasan las cosechadoras cabalgantes las plantaciones de olivar y almendro de gran porte y amplios marcos de plantación dejan paso a líneas paralelas y apretadas de frondosos setos; y  las zonas que tradicionalmente se vestían del cambiante color de los cereales comienzan a vestirse de un permanente manto verde azulado.

Pero hay bastiones que se resisten a su avance. El olivar tradicional no mecanizable, aquel con pendientes superiores al 20% no permite la reconversión al nuevo sistema de cultivo y es que a tan altas pendientes las cosechadoras cabalgantes pierden su estabilidad. Nos referimos a la no desdeñable superficie de 575.000 ha de olivar de sierra, un 22 % de la superficie total de olivar en España. La consecuencia es que para un mismo aceite, existen dos sistemas productivos radicalmente diferenciados. Y es que la recolección supone en el olivar tradicional el 50% de sus costes.

En la gráfica podemos apreciar la influencia de la mecanización en los costes de producción del olivar. Para un precio medio en origen del aceite de oliva virgen extra entre 2001 y 2014 de 2,27 €/kg, vemos cómo mientras que los costes de producción del olivar intensivo y en seto dejan espacio a un margen de beneficio, lo hacen a las pérdidas en el olivar tradicional no mecanizable. La pregunta es inmediata: ¿Cómo subsiste este tipo de olivareros con tales pérdidas? Lo hacen complementando sus rentas con las ayudas directas de la Política Agrícola Común, las ayudas provenientes de los Programas de Desarrollo Rural autonómicos y, en regiones como Andalucía y Extremadura, asistidos por el Plan de Fomento del Empleo Agrario (PFEA).

costes_aemo

Elaboración propia a partir de datos de la Asociación Española de Municipios Olivareros (AEMO).

El futuro de las comarcas de olivar en pendiente es cuanto menos incierto, pues parece económicamente lógico que progrese esta tendencia, y la mejor prueba es que, pese al mantenimiento de la superficie de olivar en los últimos años, la producción no ha dejado de aumentar debido al cambio productivo. Cada vez hay más olivareros menos sensibles a las oscilaciones de precios debido a la drástica disminución de sus costes, pero queda un reducto de olivareros cada vez con menor capacidad de reacción. En los últimos años, gracias a que el aumento de la producción ha sido paralelo al aumento de las exportaciones, el precio del aceite de oliva se ha mantenido. Pero parece claro quiénes serán los primeros en abandonar el mercado del aceite de oliva en caso de cualquier depresión de los precios.

En la era de la Revolución Tecnológica, la de los robots e Internet, cuando ya parecía que la revolución de la mecanización del campo había quedado atrás, puede que estemos asistiendo a uno de los últimos estertores del éxodo rural iniciado en los años 60. Muchos pueblos de comarcas predominantemente olivareras en zonas de alta pendiente de Andalucía están amenazados. Y la solución no parece que pase por el incremento del apoyo a la renta por parte de la Administración. La intervención de la Administración puede que sirva de amortiguador de una caída inevitable o de catalizador de una salvación inesperada; ya que ninguna ayuda es tal si no tiene entre sus objetivos su propio final y entre sus asunciones la de su propia subsidiariedad.

Una solución podría ser la aceptación del abandono de estas comarcas: la Administración podría promover el adehesamiento de estas regiones, amortiguando el negativo efecto que tal abandono de la actividad supondría para sus habitantes por medio de ayudas a la reforestación. Una solución intermedia podría pasar por la promoción de la calidad diferenciada, asociada al consumo responsable, al consumo de productos elaborados de manera tradicional y al turismo rural que pudiera surgir relacionado con dichas iniciativas. Al menos, que se salven unos pocos.

Pero toda historia que no quiera caer en la resignación ha de seguir el esquema de los grandes relatos épicos.

La grandeza de los héroes es una reconstrucción posterior; en sus orígenes el héroe es pequeño, irrelevante. Es el encanto de la poesía del pequeño que vence al gigante el que se repite en todos ellos.  San Jorge es un héroe por el mismo motivo que todos los héroes lo son. El pequeño Jorge, sorprendentemente, sale vencedor frente a la arrolladora, ciega e inexorable voluntad del gigantesco monstruo. Sin embargo, hay una nota distintiva en su historia. En una de las tradiciones más antiguas de la leyenda de San Jorge y el Dragón, el santo no mata al Dragón. Lo guarda cautivo en una cueva y lo rocía con agua bendita. Es decir, convierte al monstruo, lo purifica. Invierte la jerarquía: en lugar del hombre esclavizado por el miedo a la fuerza ciega, es la fuerza la que se pone al servicio de la luz del hombre.

Imagínese ahora un nuevo San Jorge; un Jorge de nuestros días, que desde su pequeñez, busca domeñar a la bestia conocida en todo el Reino por Cosechadora Cabalgante. Acabar con ella es imposible, pues él es insignificante y su enemigo es sólo es la punta de lanza de una horda mucho mayor llamada Mecanización, madre de la actual Automatización; pero convertirla, con agua bendita o sin ella, quizás sea posible. El San Jorge de nuestros días, como el de aquella versión de la leyenda, sabe que la bestia sólo es destructora cuando se despliega desbocada. Pero si consiguiera poner al ciego monstruo al servicio de los hombres…

Este héroe medieval  no sólo vive en nuestra imaginación, donde debe seguir viviendo; también lo hace en iniciativas con nombres tan poco heroicos como el de MECAOLIVAR, auspiciados por entes tan poco épicos como la Administración. Desde ciertos grupos de investigación, en colaboración con empresas y agricultores,  tratan de invertir la jerarquía, poniendo la máquina al servicio del hombre en lugar del hombre al servicio de la máquina; y lo hacen de una manera tan aparentemente insignificante como es adaptando el nuevo enfoque de las cosechadoras integrales a los olivares más tradicionales.

Parece ser, después de todo y pese a las apariencias, que la nuestra sigue siendo época de dragones.