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La tecnología (II). Unamuno y el progreso intrahistórico.


Continuación del anterior

Suele esgrimirse en contra D. Miguel de Unamuno, la conocida frase “¡Qué inventen ellos!”, de su ensayo “El Pórtico del Templo” (1906). Con ella el insigne vasco abogaba por el abandono español de cualquier preocupación tecnológica. Por lo general se considera expresión de los prejuicios hispánicos hacia el progreso tecnológico y por tanto causa y eslogan del atraso tecnológico de nuestro país y de toda Latinoamérica. Su defensores tratan de justificarla acudiendo a la descontextualización de la frase. Pero nada más lejos de la realidad. Esta posición, antiprogresista, fue mantenida por Unamuno con mayor firmeza a medida que avanzaba su carrera. Comienza a atisbarse en obras tan conocidas como  en “Amor y pedagogía” (1906) y termina cristalizando en su “Del sentimiento trágico de la vida” (1913).

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Don Miguel de Unamuno, 1925

En este fragmento del ensayo breve “Mecanópolis” (1913), en el que describe un futuro dominado por las máquinas, podemos apreciarla claramente: “Y desde entonces he concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta cultura, y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que llore y ría como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan los días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en un bosque virgen”.

Pero Unamuno no siempre pensó así. Fue cuajando este pensamiento a partir de una posición claramente positivista. Hasta 1906, Unamuno era un declarado y entusiasta socialista científico, seguidor de las teorías de Compte y Spencer, llegando a afirmar que “el socialismo científico era pura y simplemente la verdadera religión de la humanidad”. ¿Qué ocurrió para que diera tan drástico giro? ¿En qué se basaba su odio hacia progreso tecnológico?

La clave la encontramos en su conocido concepto de intrahistoria.  Unamuno no odiaba el progreso por el progreso. Unamuno se dio cuenta del vacío que encerraba un progreso planificado desde fuera, el progreso alienador. Pasó de una fase en la que estimaba el progreso técnico por sí mismo a otra en la que estimaba que “el progreso social ha de alcanzarse conforme a las condiciones de la tradición viva, de la intrahistoria de un pueblo; de lo contrario, con una fórmula científica y universal, tan sólo se logrará anular a ese pueblo“.

Cada época y cada sociedad tienen sus grandes retos o tareas comunes. Si tuviéramos que elegir la de nuestro tiempo, la del siglo XX y XXI,  casi sin lugar a dudas, sería la tarea común del desarrollo tecnológico. Sin embargo, en el trabajador de a pie -y no nos referimos solamente a los obreros manuales- este gran reto no genera entusiasmo, sino pesadumbre. La pesadumbre del paro para los que no tienen empleo, la pesadumbre de la repetitividad y el aburrimiento para los que lo tienen. ¿Cómo se ha llegado a tal desapego? La falsa ley de la eficiencia ha relegado la dignidad inherente al trabajo humano, considerándolo como un lastre, llegando a sentir el trabajador sobre sus hombros el peso de su propio estorbo.

Si no consideráramos el trabajo como un lastre, si invirtiéramos la espiral y valoráramos el trabajo como lo que es, es decir, como el medio que tiene el hombre de alcanzar su dignidad mediante la participación en la tarea común de una sociedad, la sustitución indiscriminada del trabajo humano por trabajo mecánico no tendría ningún sentido, porque ¿por qué ha de hacer una máquina lo que me proporciona dignidad y felicidad?

Es tristemente lógico que el empresario se encuentre imbuido en esta lógica de la automatización indiscriminada con el fin de disminuir costes, pero, ¿no nos escandaliza que el mismo trabajador esté poco a poco aceptando la inexorabilidad de la automatización, resignándose a aceptar un salario sólo por existir sin participar de ningún modo en la tarea común? ¿no es éste el concepto de renta básica? Esto creará una sociedad de alienados, de personas desconectadas de cualquier preocupación común. La Revolución Industrial creó la clase del proletariado; la Revolución Tecnológica creará una nueva clase, la de los descartados,  que tendrán que ser mantenidos por la clase dominante, la de los supervisores y los creativos, como dice Hawkins, mediante ese subsidio que eufemísticamente llaman renta básica.

La responsabilidad de los ingenieros en todo este proceso, sobre todo desde la Revolución Industrial, es considerable; para bien y para mal. Asumiendo las responsabilidades de su posición profesional, en este momento histórico, la tarea del ingeniero es la de contribuir en la medida de sus posibilidades a la reconducción del desarrollo tecnológico hacia una tecnología connatural al hombre. Una tecnología que ayude al hombre en su trabajo, pero que no lo sustituya. Una tecnología que no anule la creatividad,  ni la dignidad de su esfuerzo, sino que lo embellezca y realce. Una tecnología que ensalce al trabajador y su trabajo.

En la era de las aplicaciones móviles, las redes sociales y la electrónica de bajo coste, las pequeñas intervenciones que ayuden al trabajador desde dentro, introduciéndose en su intrahistoria y no anulándola, son cada vez más factibles. Los ingenieros no tenemos excusas para caer en la espiral de la eficiencia, dejando de participar en el desarrollo de una tecnología servicial, intrahistórica y artesanal que plante cara a la automatización indiscriminada.

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La tecnología (I). La Revolución tecnológica y la ley de la eficiencia.

Durante la II guerra púnica, la independiente ciudad griega de Siracusa se alió con los cartagineses ante la amenaza de la conquista romana. Fue heroica su resistencia durante meses al ejército romano. Pero lo que nos importa no es el hecho de su resistencia sino cómo se llevó a cabo. Siracusa contaba entre sus ciudadanos con el científico e ingeniero Arquímedes. Según las crónicas de Polibio, la intervención de Arquímedes fue clave en la resistencia frente a Roma. Se cuentan entre sus ingenios bélicos, gigantescos lanzadores de piedra de doble brazo que arrojaban proyectiles de enorme peso a larguísimas distancias, aparatos capaces de dejar caer sobre los barcos del enemigo enormes cantos rodados y vigas, garras de hierro con la que hundía barcos de gran tonelaje, o los míticos espejos ustorios que podían prender fuego a los barcos concentrando la luz solar a larguísimas distancias. Sus aplicaciones técnicas tuvieron tanto éxito, que la victoria final de los romanos llegó gracias a un engaño, no siendo capaces de conseguirla mediante el enfrentamiento directo. El relato de las maravillas de que fue capaz Arquímedes es todavía hoy en gran parte incomprensible, moviéndose entre lo histórico y lo legendario. Su logros son aún objeto de estudio y discusión.

Sitio de Siracusa

Sitio de Siracusa

Nos interesa este relato por la significación de su anomalía. Las crónicas sobre aplicaciones técnicas de tal calibre son muy escasas en el mundo antiguo. Pero aún más sorprendente es su ausencia en el caso de una sociedad con tan avanzados conocimientos científicos como la griega.

Para algunos autores, si la ciencia griega no produjo muchas aplicaciones técnicas no fue por incapacidad, sino porque los científicos griegos no las querían. Por un lado temían las consecuencias de su uso por tiranos y conquistadores. Por otro, su ejercicio científico formaba parte de corrientes esotéricas reservadas sólo para algunos iniciados. Esto explicaría que los secretos de las invenciones de Arquímedes siguieran siendo una incógnita durante siglos, habiéndolos puesto en práctica él mismo, única y exclusivamente para defender su patria sin revelar sus misterios.

Con la conquista romana del mundo conocido, las grandes obras de ingeniería se extendieron, pero el genuino saber griego pareció enmudecer. Corrió el riesgo de perderse con la caída del Imperio Romano, salvándose durante la Edad Media  gracias al movimiento monástico y a las escuelas de pensamiento árabes. No obstante, este periodo no fue de latencia, sino de metamorfosis. La ciencia griega resurgida en Europa ya no era la misma. Si el motor de los científicos griegos era el conocimiento por sí mismo, en el desarrollo de la ciencia europea, tal y como acabó demostrando la revolución industrial, lo era la promesa de poder transformar la realidad. Mientras que la ciencia griega era esotérica, la ciencia surgida de la Edad Media resultó democrática y universal. La desaparición de las fronteras entre ciencia y tecnología, entre sabios e ignorantes, entre conocimiento y poder trajo la Modernidad.

Esta mutación llegó a su madurez con la Revolución Industrial. Antes de la misma los obreros estaban sometidos a la necesidad natural, después pasaron a estarlo de la necesidad mecánica, de manera que la tecnología pasó a cumplir el papel de la naturaleza. Si antes el esfuerzo era para vivir, ahora lo era para ser eficientes. Pareciera que con la Revolución industrial la humanidad entera se hubiera ajustado a una nueva ley natural que obligara al hombre a ser cada vez más y más eficiente, a hacer cada vez más con menos.

Científicos y pensadores anuncian que estamos en los albores de una nueva revolución tecnológica, seguramente de más profundas consecuencias que la Revolución Industrial. Recientemente, en “The Guardian” Stephen Hawkins profetizaba que el aumento de la automatización y el ascenso de la Inteligencia Artificial va a acabar con los empleos de la clase media, manteniéndose sólo, y en número escaso, los empleos creativos y de supervisión. Paralelamente las voces que demandan una renta básica van en aumento. “Es inevitable. Es progreso”, afirma el conocido científico.

Pero, ¿realmente es inevitable este “progreso”? ¿verdaderamente es necesaria la eficiencia?

En un entramado científico-técnico sano deberían poder distinguirse claramente el papel de las ciencias puras y de la tecnología. Entendemos por ciencias puras aquellas que no someten su inteligencia nada más que el deseo de conocer la verdad. Incluimos todas las vías de conocimiento de la verdad posibles, tanto las de las ciencias humanas como las de las ciencias naturales. La tecnología, en cambio, debe poner su inteligencia al servicio de la consecución de un objetivo concreto preestablecido, usando los conocimientos adquiridos por las ciencias puras.

En nuestro actual sistema científico-tecnológico los papeles se han invertido. Las ciencias puras  se encuentran sometidas a las posibles aplicaciones que de ellas se consigan, habiendo quedado relegadas a la irrelevancia algunas de ellas, como las ciencias humanas, de las que ningún fruto tangible puede obtenerse. Entre las que se supone que son ciencias puras, no existe la búsqueda absoluta y libre de la verdad, sino que invirtiéndose la escala, son los científicos los que se someten a las necesidades de los tecnólogos.

La vocación de la tecnología, en cambio, es la transformación de la realidad. Esta noble vocación, al perder su carácter instrumental, se ha convertido en tirana de todo el sistema, alimentándolo con la mentira de la eficiencia. La tecnología, sólo desde un enfoque de servicio tiene sentido. Su encumbramiento a la categoría que los griegos le daban a las ciencias puras, nos hace servidores de ella, enloqueciendo el sistema. 

No existe ninguna ley que nos obligue a ser más eficientes, más productivos o a estar más ocupados. No existe ninguna razón que nos obligue a avanzar en la eficiencia, si llegamos a la conclusión de que ésta puede dañarnos. Como decía Chesterton, la eficiencia, la velocidad y la productividad pueden ser grandiosas; pero no hay ninguna razón para que nos dirijamos hacia una grandiosidad que puede acabar con nosotros.