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La tecnología (I). La Revolución tecnológica y la ley de la eficiencia.

Durante la II guerra púnica, la independiente ciudad griega de Siracusa se alió con los cartagineses ante la amenaza de la conquista romana. Fue heroica su resistencia durante meses al ejército romano. Pero lo que nos importa no es el hecho de su resistencia sino cómo se llevó a cabo. Siracusa contaba entre sus ciudadanos con el científico e ingeniero Arquímedes. Según las crónicas de Polibio, la intervención de Arquímedes fue clave en la resistencia frente a Roma. Se cuentan entre sus ingenios bélicos, gigantescos lanzadores de piedra de doble brazo que arrojaban proyectiles de enorme peso a larguísimas distancias, aparatos capaces de dejar caer sobre los barcos del enemigo enormes cantos rodados y vigas, garras de hierro con la que hundía barcos de gran tonelaje, o los míticos espejos ustorios que podían prender fuego a los barcos concentrando la luz solar a larguísimas distancias. Sus aplicaciones técnicas tuvieron tanto éxito, que la victoria final de los romanos llegó gracias a un engaño, no siendo capaces de conseguirla mediante el enfrentamiento directo. El relato de las maravillas de que fue capaz Arquímedes es todavía hoy en gran parte incomprensible, moviéndose entre lo histórico y lo legendario. Su logros son aún objeto de estudio y discusión.

Sitio de Siracusa

Sitio de Siracusa

Nos interesa este relato por la significación de su anomalía. Las crónicas sobre aplicaciones técnicas de tal calibre son muy escasas en el mundo antiguo. Pero aún más sorprendente es su ausencia en el caso de una sociedad con tan avanzados conocimientos científicos como la griega.

Para algunos autores, si la ciencia griega no produjo muchas aplicaciones técnicas no fue por incapacidad, sino porque los científicos griegos no las querían. Por un lado temían las consecuencias de su uso por tiranos y conquistadores. Por otro, su ejercicio científico formaba parte de corrientes esotéricas reservadas sólo para algunos iniciados. Esto explicaría que los secretos de las invenciones de Arquímedes siguieran siendo una incógnita durante siglos, habiéndolos puesto en práctica él mismo, única y exclusivamente para defender su patria sin revelar sus misterios.

Con la conquista romana del mundo conocido, las grandes obras de ingeniería se extendieron, pero el genuino saber griego pareció enmudecer. Corrió el riesgo de perderse con la caída del Imperio Romano, salvándose durante la Edad Media  gracias al movimiento monástico y a las escuelas de pensamiento árabes. No obstante, este periodo no fue de latencia, sino de metamorfosis. La ciencia griega resurgida en Europa ya no era la misma. Si el motor de los científicos griegos era el conocimiento por sí mismo, en el desarrollo de la ciencia europea, tal y como acabó demostrando la revolución industrial, lo era la promesa de poder transformar la realidad. Mientras que la ciencia griega era esotérica, la ciencia surgida de la Edad Media resultó democrática y universal. La desaparición de las fronteras entre ciencia y tecnología, entre sabios e ignorantes, entre conocimiento y poder trajo la Modernidad.

Esta mutación llegó a su madurez con la Revolución Industrial. Antes de la misma los obreros estaban sometidos a la necesidad natural, después pasaron a estarlo de la necesidad mecánica, de manera que la tecnología pasó a cumplir el papel de la naturaleza. Si antes el esfuerzo era para vivir, ahora lo era para ser eficientes. Pareciera que con la Revolución industrial la humanidad entera se hubiera ajustado a una nueva ley natural que obligara al hombre a ser cada vez más y más eficiente, a hacer cada vez más con menos.

Científicos y pensadores anuncian que estamos en los albores de una nueva revolución tecnológica, seguramente de más profundas consecuencias que la Revolución Industrial. Recientemente, en “The Guardian” Stephen Hawkins profetizaba que el aumento de la automatización y el ascenso de la Inteligencia Artificial va a acabar con los empleos de la clase media, manteniéndose sólo, y en número escaso, los empleos creativos y de supervisión. Paralelamente las voces que demandan una renta básica van en aumento. “Es inevitable. Es progreso”, afirma el conocido científico.

Pero, ¿realmente es inevitable este “progreso”? ¿verdaderamente es necesaria la eficiencia?

En un entramado científico-técnico sano deberían poder distinguirse claramente el papel de las ciencias puras y de la tecnología. Entendemos por ciencias puras aquellas que no someten su inteligencia nada más que el deseo de conocer la verdad. Incluimos todas las vías de conocimiento de la verdad posibles, tanto las de las ciencias humanas como las de las ciencias naturales. La tecnología, en cambio, debe poner su inteligencia al servicio de la consecución de un objetivo concreto preestablecido, usando los conocimientos adquiridos por las ciencias puras.

En nuestro actual sistema científico-tecnológico los papeles se han invertido. Las ciencias puras  se encuentran sometidas a las posibles aplicaciones que de ellas se consigan, habiendo quedado relegadas a la irrelevancia algunas de ellas, como las ciencias humanas, de las que ningún fruto tangible puede obtenerse. Entre las que se supone que son ciencias puras, no existe la búsqueda absoluta y libre de la verdad, sino que invirtiéndose la escala, son los científicos los que se someten a las necesidades de los tecnólogos.

La vocación de la tecnología, en cambio, es la transformación de la realidad. Esta noble vocación, al perder su carácter instrumental, se ha convertido en tirana de todo el sistema, alimentándolo con la mentira de la eficiencia. La tecnología, sólo desde un enfoque de servicio tiene sentido. Su encumbramiento a la categoría que los griegos le daban a las ciencias puras, nos hace servidores de ella, enloqueciendo el sistema. 

No existe ninguna ley que nos obligue a ser más eficientes, más productivos o a estar más ocupados. No existe ninguna razón que nos obligue a avanzar en la eficiencia, si llegamos a la conclusión de que ésta puede dañarnos. Como decía Chesterton, la eficiencia, la velocidad y la productividad pueden ser grandiosas; pero no hay ninguna razón para que nos dirijamos hacia una grandiosidad que puede acabar con nosotros.

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