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El Rey Felipe VI ha recibido en Audiencia en el Palacio de la Zarzuela a la Junta Directiva de FEDECA

El pasado miércoles 24 de mayo Su Majestad el Rey ha recibido en audiencia en la Zarzuela a la Junta de Gobierno de FEDECA. El presidente de ANIADE estuvo presente, ya que forma parte de esta Junta de Gobierno.

En este encuentro, FEDECA ha presentado sus respetos y lealtad a la Corona, expresándole el compromiso y responsabilidad de los altos funcionarios para que la Administración preste mejores servicios al ciudadano.

FEDECA es una federación formada por casi 50 asociaciones de cuerpos superiores de la Administración del Estado, con el fin de profesionalización de la Administración sobre las bases de la igualdad, el mérito y capacidad, la mayor objetividad y respeto hacia las condiciones profesionales de los respectivos Cuerpos y Escalas, así como la integridad, el compromiso y la responsabilidad de los funcionarios.

En este sentido, FEDECA realiza distintas actuaciones y trabajos en los que ANIADE, como asociación federada, participa.

Se puede ver la noticia completa en el enlace: https://www.fedeca.es/noticias/el-rey-felipe-vi-ha-recibido-en-audiencia-en-el-palacio-de-la-zarzuela-la-junta-directiva

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El cooperativismo agrario español o cómo huyendo de un fantasma puedes convertirte en otro (II)

Continuación de la anterior entrada.

Causas jurídico-económicas de una oportunidad perdida.

Pintábamos en la anterior entrada un retrato oscuro del cooperativismo español; y esto es así porque lo hacíamos desde la perspectiva del ideal de cooperativa, aquel por el cual, frente a la Sociedad Anónima, la Sociedad Cooperativa se erige como aquella sociedad en la que, dentro de la lógica de la economía moderna, trabajo y capital vuelven a estar vinculados para generar riqueza. Terminábamos preguntándonos si los poderes públicos habían tenido alguna responsabilidad en tal situación.

La conciencia de esta situación por parte de la Administración es innegable. A todos nos suena la machacona invocación a la necesidad de integración cooperativa para paliar la grandísima atomización del sector agrario (sólo hay que introducir en Google “atomización cooperativa” para encontrar miles de resultados que vinculan a la Administración con este tema, ya desde los 90). Su última manifestación es la Ley 13/2013 de fomento de la integración de cooperativas.  Pero quizás, los árboles no nos hayan dejado ver el bosque. La preocupación por el  tamaño empresarial ha desviado la atención del verdadero problema de las cooperativas españolas. Cada empresa requiere una dimensión adecuada al mercado en el que compite; una dimensión similar a la de sus competidoras; una dimensión que le permita negociar en condiciones de igualdad con sus proveedores y sus compradores. Pero mayor no es siempre sinónimo de mejor. El problema de las cooperativas agroalimentarias españolas no es en primer lugar el tamaño, sino su incapacidad de financiación.

Cooperativa Ganadera del Valle de los Pedroches

Cooperativa Ganadera del Valle de los Pedroches

Una cooperativa, de inicio, tiene dificultad para captar capital por  su propia naturaleza. La cooperativa nace como algo opuesto a la Sociedad Anónima, que es la máquina jurídica  perfecta para captar capital. En las sociedades anónimas, al ser el capital fijo -el socio sólo puede recuperar su valor mediante la venta de las acciones- y al depender su valor del funcionamiento de la empresa y su imagen en el mercado, el capital social puede revalorizarse, resultando atractiva la inversión por parte de inversores anónimos. Este capital fijo y creciente se usa como garantía para captar crédito.

En las cooperativas, en cambio, el capital es variable (el socio se lo lleva al irse y lo aporta al llegar), no dependiendo su valor del funcionamiento de la empresa, sino del valor de sus activos. Esto hace que no sea garantía válida para la captación de crédito. Por otro lado la financiación de las sociedades anónimas es atractiva, al permitir la ley la remuneración variable al capital. En las cooperativas esto no es posible: la remuneración es fija. Contablemente hablando, esto supone que la Sociedad Anónima cuenta con el Capital y las Reservas en el Propio, mientras que la Sociedad Cooperativa sólo cuenta con las Reservas (que suelen ser nulas en el 80 % de las cooperativas españolas como vimos en la anterior entrada). A esto hay que añadir la interpretación restrictiva de los principios cooperativos que hacen tanto la ley nacional como las autonómicas: por ejemplo, la limitación a las operaciones con terceros.

*Un modelo alternativo

Desde los poderes públicos no se puede  cambiar la idiosincrasia de los agricultores españoles. Pero sí se puede promover la sanción de leyes cooperativas que no supongan en sí mismas una traba a la financiación cooperativa.

Sin desviarse un ápice de los principios cooperativos  es posible la promulgación de leyes cooperativas tanto a nivel autonómico como nacional que mejoren la capacidad de financiación de las cooperativas. El modelo propuesto por Joaquín Domingo Sanz, se fundamenta en que “las reservas no se repartirán a los socios durante la vida de la cooperativa, sino al final de la misma, protegiendo a la cooperativa durante la misma”.

Con este modelo el 100 % de las reservas son de los socios –actualmente una gran parte de las mismas revierte a la Administración con la disolución de la cooperativa-, siendo  a la vez de la cooperativa durante toda su vida.  Según este modelo,  el Capital Social se dividirá en: i) Capital Social con derecho a devolución: recuperable íntegramente en el momento de la baja (el equivalente al que hay en la actualidad) y ii) Capital fijo con derecho a ser cedido, irrecuperable por el socio salvo al final de la vida de la cooperativa o a través del traspaso a un tercero (nuevo socio) con el consentimiento de la cooperativa (equivalente a las acciones de la Sociedad Anónima). El Capital Social fijo se nutrirá del Capital Social con derecho a devolución (10 % cada año; en 10 años se habrá hecho fijo) . Este capital pasará al Fondo de Educación si hay abandono y no se cediese a un tercero.

Con este sistema el valor de la participación social unitaria estará relacionado con la marcha de la empresa. Si la empresa funciona revertirá en sus socios pagándose mejores precios por su trabajo, siendo a la vez atractiva la participación en la cooperativa debido a la plusvalía que pueda generar la cesión de participaciones. Asimismo, las reservas harán que crezca el valor teórico de las aportaciones, lo que redundará en el beneficio del socio en el momento de su jubilación mediante la venta de su participación.

Este modelo supone un acercamiento del modelo de financiación cooperativa al modelo de financiación de la Sociedad Anónima. Sin embargo, puede observarse cómo este acercamiento no supone la transgresión de los principios cooperativos. Los tres principales permanecen intactos: i) un hombre, un voto,  ii) participación económica de los asociados y iii) los superávits pertenecen a los socios. La protección del resto de principios cooperativos dependerá del desarrollo estatutario propio de cada cooperativa.

La Sociedad Cooperativa surgió para generar riqueza (capital) restableciendo el vínculo entre trabajo y capital. Sin embargo, su búsqueda de distanciamiento con respecto a la Sociedad Anónima, la hizo deslizarse hasta presupuestos jurídicos antieconómicos. La Sociedad Cooperativa  olvidó durante su desarrollo legislativo y social  que surgió para generar riqueza de un modo diferente, centrándose, por el contrario, en ser diferente sin generar riqueza. El Estado Capitalista usó las sartenes para dar sartenazos. El cooperativismo pese a surgir para usar las sartenes en la cocina, acabó usándolas de florero. Huyendo de un fantasma, se convirtió en otro.

Algunas cooperativas españolas se han desarrollado gracias a fuertes motivaciones extraeconómicas (Mondragón, COVAP, Los Pastoreros, etc.), ajenas o incluso sobreponiéndose a la legislación cooperativa. Pero estos casos son la excepción (3 %). Es necesaria una legislación que promueva, en lugar de la integración como valor supremo, mejorar la capacidad de financiación de las cooperativas españolas protegiendo su capital social y  catalizando el cambio en la política de reparto de reservas voluntarias, tal y  como propone el modelo expuesto.

*De los apuntes de la asignatura “Gestión de Cooperativas Agrarias” (2009),  Joaquín Domingo Sanz (ETSIAM de Córdoba).

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El cooperativismo agrario español o cómo huyendo de un fantasma puedes convertirte en otro (I)

La cooperativa como restauración del vínculo entre capital y trabajo.

El capital, junto con la tierra y el trabajo,  es uno de los tres factores económicos que participan en la generación de la riqueza. Capital es cualquier herramienta o instrumento, cualquier reserva o provisión cuyo fin no es la producción de riqueza para el consumo inmediato. Una sartén, por ejemplo, es capital.

Si sorprende que los hombres vayan a la guerra por un concepto,  mucho más lo hace que lo hagan por un concepto que designa a una cotidiana e inofensiva sartén.  La sorpresa se atenúa  si caemos en la cuenta de que el capital, como la sartén, puede usarse tanto para producir riqueza como para dar sartenazos .

En efecto, si entendiéramos por capitalismo aquella sociedad en la que se da o no se impide el capital (la provisión de riqueza), tendríamos que afirmar que toda sociedad es capitalista desde que existe como tal. Sin embargo, cuando hablamos del Estado Capitalista, según la ya clásica definición de Belloc, nos estamos refiriendo a algo que no hace referencia simple y llanamente al concepto de capital sino a una situación económica en la que i) los ciudadanos son políticamente libres (pueden usar o no sus propiedades y trabajo), pero ii) también están divididos en capitalistas y proletarios en tales proporciones que el Estado como conjunto no está caracterizado por la institución de la propiedad privada entre sus ciudadanos libres, sino por la restricción de la propiedad privada a un estrato minoritario.

Este desequilibrio en la distribución de la propiedad privada, propia del Estado Capitalista o burgués, generó  las tensiones políticas y sociales por todos conocidas de ciertos países europeos durante la segunda mitad del s. XIX, y que se extendieron posteriormente a todo el mundo. Muchas de las reacciones a este desequilibrio han sido violentas,  como su causa; tanto en la acepción física como en la social del término violencia. Físicamente violentos fueron la Revolución bolchevique y el nazismo. Socialmente violento para con sus comunidades ha sido el intervencionismo estatal de los Estados occidentales de posguerra. Una de las escasas respuestas intrahistóricas o reformistas al Estado Capitalista fue el movimiento cooperativo.

Robert Owen

Robert Owen

Frente a la Sociedad Anónima, persona jurídica paradigmática del Estado Capitalista, ideólogos como  Robert Owen,  dieron forma a la persona jurídica y a la figura empresarial de la Sociedad Cooperativa.  La ruptura del vínculo tradicional entre capital y trabajo que trajo el Estado Capitalista cristalizó en la Sociedad Anónima, es decir, en la sociedad sin nombres. Los propietarios por un lado, los trabajadores por otro. Anónimos los unos, anónimos los otros. Con la Cooperativa se buscaba restaurar el vínculo económico entre trabajo y capital del antiguo artesanado dentro de la nueva lógica económica.

Y en España, ¿qué?

El fenómeno del movimiento cooperativo prendió en aquellos países en los que primero se dio la proletarización de las masas, es decir, en aquellos lugares donde el capitalismo y la Revolución Industrial antes habían hecho acto de presencia. Su introducción en España fue lenta y defectuosa. Donde primero arraigó fue en los ambientes industrializados de España (País Vasco, Cataluña y Valencia) de mano de los movimientos anarcosindicalistas. En el resto de la muy agraria España lo hizo de la mano de la Iglesia Católica, alentada por la encíclica Rerum Novarum, de León XIII (Puentes Poyatos, R., 2008). Muchas veces se achaca al carácter individualista español la mala implantación del cooperativismo en los ambientes agrarios. Sin embargo, parece natural que su arraigo fuera más fecundo en mentes abonadas por la lógica de la economía moderna, es decir, en ambientes industrializados y fuertemente politizados, que en ambientes rurales.

El sociólogo alemán Max Webber da cuenta de causas más profundas en su “El espíritu del capitalismo y la ética protestante” (1905). Webber relaciona directamente el éxito del capitalismo y su lógica del progreso económico con el protestantismo. El protestantismo, en contraposición al catolicismo, atribuye el progreso económico a la bendición divina (Calvino), y exalta la vida en el mundo frente a la vida monástica (Lutero).

 Otras causas, que puede que sean objeto de futuras entradas, entroncan con la situación del campesinado español antes y después de las sucesivas desamortizaciones, así como la asimetría de sus consecuencias entre el norte y el sur peninsular.

*Sean unos u otros los motivos de la defectuosa implantación y desarrollo del movimiento cooperativo en España, éste se caracteriza por su fortísima atomización con respecto al cooperativismo de los países del norte de Europa. El  cooperativismo agrario español puede categorizarse en tres grupos.

El primero integra al 80 % de las cooperativas agrarias españolas. Su principal característica es su política de márgenes brutos, según la cual el pago definitivo al socio se hace después de saber cuál ha sido el beneficio de la cooperativa, igualando beneficios a costes por medio del precio pagado a los socios por su actividad. Esta política cortoplacista impide la financiación de la empresa a cambio de un mejor precio inmediato para los socios y una reducción del pago de impuestos (beneficio nulo). Este tipo de cooperativas suelen ser de funcionamiento estacional (almazaras) con muy escasos recursos humanos fijos (normalmente un solo empleado). La dependencia de la financiación pública es muy alta.

El segundo agrupa a un 3 % de las cooperativas agrarias españolas. En ellas el precio del producto pasa a un segundo plano debido a que los socios obtienen múltiples ventajas económicas del resto de actividades. Gracias a ello son capaces de autofinanciarse vía reservas voluntarias. El socio realiza toda su actividad económica con la cooperativa (compra de productos en general, materias primas, créditos, ahorros, etc.). Este tipo de cooperativas suelen ser ejes económicos de sus comarcas. Son capaces de de llegar al consumidor final y de generar una fuerte identificación del socio con la cooperativa.

El 17 % restante de las cooperativas se encuentran en los eslabones intermedios entre las dos categorías anteriores. En otros países europeos los porcentajes respectivos entre categorías están mucho más equilibrados para un  número de cooperativas mucho menor. España, por ejemplo, tiene prácticamente el mismo número de cooperativas que Francia (20.050 vs 22.517) para un número de socios inferior a los 7 millones frente a los más de 26 millones de socios en Francia. Estas diferencias son más acusadas cuanto más septentrionales son los países con los que nos comparamos.  Entre las primeras 35 cooperativas europeas por volumen de negocio sólo se encuentran dos españolas y ninguna es agraria, frente a las, por ejemplo, 10 francesas y 4 holandesas, entre las que sí hay representantes agrarios (Quintana Cocolina, C., 2016).

Con este retrato del cooperativismo español podemos preguntarnos, ¿cumplen la mayoría de cooperativas españolas con su principal objeto, a saber, la vinculación del trabajo y el capital para la generación de riqueza?  Para que se de esta vinculación, las cooperativas deberían preocuparse por el mantenimiento de ambos términos del binomio, es decir, deberían ser entes que se preocuparan por, al menos, conservar su capital.  En su lugar hemos visto que el 80 % de las cooperativas españolas se encuentra en un proceso de descapitalización continua debido a su dificultad a la hora de captar financiación.

La ausencia de identificación entre el socio y su cooperativa es el síntoma más evidente de la ineficacia de la mayor parte de las cooperativas españolas en cumplir con su fin. Pareciera, en definitiva, que una mayoría de cooperativas hubieran nacido como entes públicos – en el mal sentido de la palabra público, es decir, sin propietarios-, con los que nadie se identifica.

¿Cómo ha devenido un movimiento cuyo objeto era huir del fantasma del anonimato de la Sociedad Anónima  en algo tan fantasmagórico y anónimo como ella? ¿Tienen alguna responsabilidad los Poderes Públicos? De ser así, ¿pueden hacer algo al respecto?

La respuesta, en la próxima entrada.

Bibliografía no enlazada en el texto

*De los apuntes de la asignatura “Gestión de Cooperativas Agrarias” (2009), Joaquín Domingo Sanz (ETSIAM de Córdoba).

Puentes Poyatos, R.: (2008) “Las cooperativas de segundo grado como forma de integración: especial referencia al efecto impositivo”, Edición electrónica gratuita.

Quintana Cocolina, C. (2016). “The power of cooperation. Cooperatives Europe key figures 2015”. Cooperatives Europe.