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Asombro profesional.

En las civilizaciones de la antigüedad las profesiones tenían un carácter sagrado que se manifestaba en su origen divino. En la civilización egipcia, por ejemplo, el dios Osiris, hijo de Nut, dios y juez de todos los muertos, era considerado el insuflador de la vida en los cereales a las orillas del Nilo año tras año, el fundador de la agricultura egipcia. Esta atribución de un origen divino a las profesiones revela la gran importancia que atribuían estas civilizaciones al trabajo humano. La sacralización del origen del trabajo humano conservaba la frescura, la inocencia, la admiración y el respeto con los que los fundadores de la civilización egipcia comenzaron a cultivar a las orillas del Nilo, combinando la inteligencia y la capacidad de observación humana con la fertilidad de unos fangos que estaban allí antes de llegar ellos  e independientemente sus esfuerzos.

El extensísimo y profuso conocimiento científico-técnico generado por la sociedad occidental en los últimos siglos ha tenido el mismo efecto que tiene la abundancia de juguetes en los niños. El niño que tiene más juguetes de los que su atención es capaz de abarcar acabará pasando de uno a otro sin terminar de apreciar ni agradecer ninguno, cansándose de todos. De igual modo, la abundancia de conocimientos científicos y la facilidad con la que podemos disfrutar de sus aplicaciones nos genera la sensación de que las aplicaciones técnicas son nuestro derecho, dándolas por sentado. No son fruto del esfuerzo y la inspiración de los científicos y los técnicos, por un lado, y la generosidad de la naturaleza, por otro. La gratitud, la sorpresa y el asombro respetuoso que tenían las civilizaciones de la antigüedad hacia las aplicaciones técnicas, hacia el trabajo humano, han sido sustituidos por el derecho, el aburrimiento y la indiferencia.

Toda acción humana necesita un aliciente que la impulse. La desaparición de la gratitud y el respeto asombrado del ámbito laboral ha permitido que otros alicientes hayan pasado a ser el principal motor de nuestra actuación profesional o laboral. Estos son el beneficio económico, la comodidad y el reconocimiento público. Que un profesional o una empresa tengan como principales alicientes de su actuar el beneficio económico, la comodidad o el reconocimiento público, no implica que su comportamiento vaya a ser inmoral, pero sí lo facilitará. Si a esto añadimos la proliferación de herramientas con un grandísimo poder para el control y modificación de nuestro comportamiento (la inteligencia artificial, la robotización, la redes sociales y el Big Data), así como con un gran potencial de proporcionar réditos económicos para quien tenga la habilidad de usarlas, el riesgo que corremos como civilización salta a la vista.

El 17 de marzo de 2018, The New York Times, The Guardian y The Observer denunciaron que la empresa Cambridge Analytica estaba explotando la información personal de los usuarios de Facebook. La consultora está acusada de haber obtenido la información de millones de usuarios, atentando contra las políticas de uso de la red social y de haber utilizado esos datos para crear anuncios políticos durante las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. Se usó la información personal de aproximadamente 50 millones de usuarios de Facebook para manipular las decisiones de los votantes. Haciendo uso de algoritmos de análisis de grandísimos conjuntos de datos (Big Data), ingenieros, matemáticos y estadísticos usaron Facebook para acceder a millones de perfiles de usuarios, construyendo modelos para explotar sus fobias y filias tribales. bigdata

La maravillosa elegancia de la matemática, la soberbia lógica de la ingeniería informática y la deslumbrante capacidad que tiene la estadística multivariante para encontrar sentido a millones de datos que parecen no tenerlo, no estaban en la mente de los profesionales de Cambridge Analytica. No es que fueran un singular pozo de maldad, sino que olvidando la belleza de sus respectivas disciplinas profesionales y su responsabilidad como protectores de la misma se dejaron llevar por los objetivos que mueven todo nuestro sistema laboral: el beneficio económico, la comodidad y el reconocimiento público, haciendo gala de lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal.

La potencia de las nuevas tecnologías está poniendo de relieve la necesidad de un cambio de paradigma a la hora de formar a las nuevas generaciones de profesionales en todos los ámbitos, así como un redescubrimiento de la belleza de sus profesiones para aquellos que ya se encuentran ejerciéndolas. El conocimiento y/o dominio de las innovaciones tecnológicas no es para los profesionales principalmente una oportunidad de obtener rédito económico, comodidad o reconocimiento público. Es, en primer lugar, un deber hacia la sociedad al ser los principales garantes del buen uso de dicha tecnología. En segundo lugar, es su vocación más profunda como seres humanos, su vocación de asombro y respeto hacia el acervo de conocimientos acumulados por las generaciones pasadas y la sorpresa y reverencia hacia el sustrato sobre el que se ha desarrollado tal cúmulo de conocimientos, que no es otro que la generosidad y la belleza de la naturaleza.