post

Todo está conectado

*Si el lector no ha visto la película Crash (2004) y no desea que se le desvele una parte importante de la misma absténgase del siguiente artículo hasta que la haya visto.

Primera escena (Crash, 2004): una pequeña niña latina no puede conciliar el sueño por miedo a una bala perdida que casi le alcanzó en su antiguo barrio en los Ángeles, California. Su padre, como si le contara un cuento, le regala una capa invisible a prueba de balas. La niña duerme apaciblemente.

 Segunda escena: un padre de familia iraní no consigue integrarse en su barrio. Está desesperado. Roban su tienda de alimentación una y otra vez. Bien en sus narices, bien por la noche. Lo considera una humillación personal por su origen. Decide comprar una pistola para defenderse en contra de la tajante opinión de su propia hija, ya adulta e integrada. El vendedor de armas americano, con el atentado de las Torres Gemelas reciente, se niega a venderles el arma. Tras una fuerte discusión accede. La hija, debido al desconocimiento del idioma de su padre, elige las balas por él.

Tercera escena: Tras un nuevo robo del establecimiento iraní, el padre de la niña de la primera escena, cerrajero de profesión, no es capaz de hacer entender al iraní que tiene que arreglar la puerta de su establecimiento, que el problema no es la cerradura. El iraní cree que lo están volviendo a engañar, a humillar, y lo expulsa de su tienda. Esa misma noche vuelven a robar el establecimiento. El seguro no cubre el destrozo por irresponsabilidad del propietario, que no arregló la puerta tal y como el técnico le indicó.

Cuarta escena: en un arrebato de locura y desesperación, cegado por el miedo y sólo pensando en desquitarse de la sociedad que lo humilla, aplasta y engaña, el iraní va en busca del cerrajero, armado con su pistola.  Lo encuentra en la puerta de su casa y le apunta con su pistola al pecho. La niña se interpone entre su padre y el arma convencida de que su capa invisible, la que le regaló su padre aquella noche, lo protegerá de cualquier daño. El iraní aprieta el gatillo, disparando contra la niña. El padre no lo puede creer. Busca angustiado la herida de bala en la espalda de su hija. El iraní cae en la cuenta de lo que ha hecho. Se ha roto la ceguera de su locura. El primero no encuentra por dónde había entrado la bala. El segundo ve cómo la niña está en perfecto estado. Dice ella confiadamente que ha sido su capa protectora invisible la que ha obrado el milagro. El iraní, emocionadamente agradecido por haberle hecho ver su propia locura, por haberle mostrado lo verdaderamente importante y haber borrado todo rastro de miedo de su alma, la considera su ángel de la guarda. Y es que la hija del iraní había comprado balas de fogueo. Todo está conectado.

Un agricultor se suicida cada dos días en Francia. En su día a día se enfrenta a los mismos problemas de la mayoría de pequeños y medianos agricultores europeos. Cada día ve cómo el patrimonio y el modo de entender la vida que le transmitieron sus padres va languideciendo inexorablemente por el endeudamiento y la falta de reconocimiento por parte de la sociedad. Sus hijos se han ido a la ciudad. De hecho,  él los ha empujado en contra de su más profunda inclinación, sabiendo que ningún futuro les espera si siguen en el campo. La distancia entre la pequeña y mediana agricultura y el mundo real es cada vez mayor. La Política Agrícola Común (PAC) no ayuda. Recibe ayudas por no producir, como si recibiera una limosna. La “mayor orientación de la agricultura a los mercados” lo convierte en lo contrario de lo que se espera de un agricultor. El agricultor es paciente por la propia naturaleza de su trabajo: sus inversiones dependen del paso del tiempo para suavizar la variabilidad del clima y permitir el lento desarrollo de la vida vegetal y animal; la PAC lo ha llevado al terreno de la inseguridad, del corto plazo.

Mientras tanto, cuarenta y dos inmigrantes africanos llegan a las costas españolas cada día  a través del mediterráneo. Grandes compañías, amparadas por gobiernos occidentales, el gobierno chino, el indio, el saudí, el kuwaití o el surcoreano, compran tierras para producir alimentos que luego serán exportados en la zona de la Tierra con mayor superficie de tierras fértiles sin cultivar según el Banco Mundial: África susahariana. Desde el inicio del presente milenio, gobiernos como el de Mozambique, Sudán del Sur, Etiopía, Zambia, Liberia, Madagascar o Uganda, entre otros, han arrendado, vendido o están negociando la cesión de 227 millones de hectáreas de tierras según datos de Land Matrix Partnership. El pequeño campesino, que ha practicado una agricultura de subsistencia durante siglos y poco tiene que ver con su gobierno es expulsado junto a su comunidad de una tierra que dicen es estatal, para producir alimentos para la exportación, biocombustibles, madera  o aceite de palma. La situación se vuelve esquizofrénica en países como Sudán del Sur y Etiopía, en los que parte de la población requiere asistencia humanitaria continua para paliar el hambre.

Este tipo de transacciones alcanzaron su máximo en 2008, coincidiendo con la última gran crisis de los cereales y el repunte mundial del precio de los alimentos. Lo que les vendieron como una oportunidad de desarrollo, y que ciertamente se ha reflejando en el crecimiento del PIB, no lo ha hecho en la creación de puestos de trabajo. Los campesinos expulsados acuden a los arrabales de las grandes ciudades, donde algunos consiguen emplearse, a otros les roban la dignidad y los más sobreviven. Eso sí, se conectan al mundo occidental a través de la televisión, internet y el teléfono inteligente y ven cómo se vive en la ahora cercana Europa. Todo está conectado.

dscf5521 A su vez, los europeos en general y entre ellos, los agricultores, también los franceses, rechazan la llegada de estos inmigrantes a Europa. Aunque con recelo, escuchan con agrado a los que avalan su rechazo con argumentos de tipo económico. Dicen que los inmigrantes pobres les quitan empleos a los trabajadores nativos. 

Sin embargo, pese a dejarse adormecer por estos cantos de sirena, los agricultores saben en su fuero interno que estas argumentaciones son falaces. El problema es más profundo. En líneas generales los estudiosos del tema dicen frente al supuesto robo de puestos de trabajo,  que la oferta de empleo no es fija. El número de puestos de trabajo crece con la llegada de inmigrantes. Esto se debe a que los trabajadores inmigrantes son, en términos económicos, sustitutos imperfectos de los trabajadores nativos. Los trabajadores nativos saben que a igualdad de condiciones un empresario nativo los contratará a ellos por su manejo del idioma, la cultura, etc. Esto hace que los trabajadores inmigrantes ocupen puestos de trabajo no deseados por los nativos, que prefieren emplearse en otros sectores o en otras condiciones.  Que un inmigrante esté dispuesto a realizar un trabajo que un nativo no haría por el salario ofrecido supone que el pequeño–mediano  empleador se libere para ampliar su negocio, pueda mantener su empleo o se anime a emprender en otros sectores económicos más productivos, generando empleo.

Veamos un ejemplo concreto. En los olivares andaluces están cada vez más extendidas las empresas de servicios para la recolección de la aceituna. Esto hace que los pequeños y medianos agricultores que contrataban a jornaleros españoles para la recolección lo tengan cada vez más difícil. Los jornaleros nativos prefieren trabajar en las empresas de servicios que les aseguran los jornales anuales necesarios para cobrar el popularmente llamado “PER” o Plan de Fomento del Empleo Agrario (subsidio agrario o renta agraria). En cambio, en las pequeñas y medianas explotaciones recolectadas por sus propietarios con maquinaria propia, cubrir los jornales es más complicado. Si no fuera por la posibilidad que tienen estos pequeños y medianos agricultores de contratar jornaleros inmigrantes (magrebíes y subsaharianos, sobre todo), a los que les importa menos el “PER” porque tienen muchas más dificultades para cumplir con los requisitos que dan acceso a él (tres años anteriores consecutivos cobrándolo para el subsidio agrario y diez años de residencia para la renta agraria), no podrían amortizar su maquinaría de recolección. La posibilidad de contratar a estos jornaleros inmigrantes ayuda a la subsistencia del empleo del pequeño y mediano agricultor. De otro modo habría sucumbido a la contratación de empresas de servicios, inicio de la subcontratación de la gestión de la finca, perdiéndose ese empleo agrario y  todos los empleos indirectos generados (mecánicos, comerciales de insumos, encargados de finca, etc.).

Entonces, si la económica no es la causa verdadera de este rechazo por parte de los europeos en general y los agricultores en particular a la inmigración, africana sobre todo, ¿cuál es?

El miedo sustancial deriva en otros miedos. En una de las tantas escenas inquietantes de la película Blade runner 2049 (2018), Wallace, el fabricante de replicantes que juega a creador dice refiriéndose a los primeros vulnerables segundos de uno de sus replicantes: “¿no es maravilloso que tengan miedo a dejar de ser antes de saber qué son?” Este miedo sustancial es el miedo a dejar de ser uno mismo, aún no sabiendo muy claramente qué somos. Es el miedo ante la nada en la cual nos podemos disolver. El miedo ante el otro, el diferente, el extraño, el extranjero ante el cual podemos dejar de ser nosotros mismos.

Es el mismo miedo de los agricultores franceses que ven cómo lo que fueron está dejando de ser. Es el mismo miedo de los campesinos subsaharianos que ven cómo lo que fueron ya no es. Todo está conectado.

Estamos viviendo una época de vertiginosos cambios tecnológicos y económicos de consecuencias profundamente antropológicas. Todos, en especial los más vulnerables, y en este caso los pequeños agricultores y campesinos sienten que el suelo firme de su ser no es tan firme. Los conecta el mismo miedo.

Desde un punto de vista político, no es casual la existencia de una PAC que desconecta de la realidad al agricultor y una política de migración de la Unión Europea miedosa a través de un instrumento financiero que contribuye teóricamente a la estabilidad y la paz, el llamado IcSP (Instrumento Europeo para contribuir a la Estabilidad y la Paz). Porque todo está conectado. 

El deber es anterior al derecho. Sin caer en el humillante mito del buen salvaje, ni del asistencialismo, como europeos tenemos el deber de no sucumbir al miedo de lo distinto. Los agricultores franceses tienen miedo de dejar de ser sin tener muy claro quiénes son. Reencontremos aquello que somos para dejar de tener miedo ante el que creemos que sí tiene claro quién es, pero que en realidad comparte nuestro miedo, el miedo a dejar de ser aquello que no saben claramente qué es. Pensamos que la distancia entre el agricultor francés y el inmigrante africano es casi infinita, cuando en realidad están muy conectados.

Crash (2004) describe muy bien esa pulsión tan humana que es el miedo. Describe cómo el miedo conecta nuestras historias de la manera más insospechada, casi misteriosa, en una tupida red. Pero a esta red se superpone otra, que nos conecta de otro modo. Quizás ésta sea más tenue,  pero nadie está libre de  sentirla en algún momento de su vida, incluso aquellos que menos esperábamos; siendo aquellos que suponíamos más sometidos por el miedo capaces de las acciones más luminosas y al revés. Muestra muy bien cómo siempre hay oportunidad de redención, si reencontramos aquello que somos, si reencontramos aquello que compartimos, si caemos en la cuenta de que todos estamos conectados. Esperemos que como al iraní de la historia de Crash (2004), un ángel nos quite ese velo de miedo que nos impide ver que somos relación, que somos conexión.