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Entrevista a un compañero.

Por su interés se reproduce la entrevista a nuestro compañero Vicente Forteza en el Nº 41 de Mundo del Agrónomo (junio de 2018) editado por el Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Centro y Canarias.

Vicente Forteza pertenece al Cuerpo Nacional de Ingenieros Agrónomos del Estado. Ha desarrollado su actividad profesional en el ámbito del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación durante casi 50 años, en el que ha desempeñado diversos cargos de responsabilidad. El Colegio le ha nombrado Colegiado de Honor.

Ha estado más de 40 años ligado al Ministerio de Agricultura. Ha pasado por distintos gobiernos y ministros. ¿Cómo describiría la evolución del Ministerio en todos estos años?

Casi 50. Exactamente, 48. En ese tiempo he servido en los Ministerios dirigidos por 19 titulares; cinco de ellos anteriores a la Constitución de 1978. Como suele decirse “he visto pasar mucha agua por debajo de los puentes”. Y tenido la oportunidad de vivir varias “revoluciones”, tanto en el fondo como en la forma de abordar la política agraria y su gestión en la Casa. Pero, en definitiva, la evolución del Ministerio no ha sido otra que la de la propia sociedad a la que sirve. Una sociedad que, en estos años, no ha dejado de cambiar. Democracia. Descentralización política y administrativa, como pocos países en el mundo. Incorporación a la Unión Europea, asumiendo muchas exigencias de quienes ya eran miembros. Globalización y apertura al mundo. Máxima sensibilidad hacia las cuestiones medioambientales…

A todo ello, y a más, el Ministerio se ha adaptado. Conforme al desarrollo constitucional, cedió competencias, que eran exclusivas y basadas en la jerarquía, para compartirlas con las comunidades autónomas, con las que ahora colabora y coopera, y a las que coordina. La interlocución con las diferentes organizaciones representativas de la cadena alimentaria es permanente. La PAC, sus reglamentos y ayudas, se incorporaron a las normas nacionales, y hoy España es uno de los países más beneficiados de esas ayudas. Se ha impulsado la internacionalización y exportamos por valor de 50.000 M€; somos el octavo exportador mundial de productos agroalimentarios. El cuidado del medioambiente condiciona las ayudas, convirtiendo así a la agricultura en parte de la solución al problema del cambio climático. Mérito, sin duda, de cuantos componen la larga cadena alimentaria, la que va “de la granja a la mesa”, pero a la que el Ministerio y las administraciones autonómicas, creo que han contribuido eficazmente como instrumentos reguladores de su funcionamiento.

¿Hay algún momento que recuerde especialmente?

Después de tanto tiempo, muchos. Y más si se tiene en cuenta que he pasado por casi todos los “barrios” del “pueblo grande” que, para mí, es el Ministerio, ocupando puestos diversos.

Desde la Dirección General de Agricultura, donde comencé en 1969, al Gabinete de la Ministra García Tejerina, en 2017, pasando por la Jefatura de Servicio y la Subdirección General de Coordinación y Planificación de la Dirección General de la Producción Agraria (DGPA), la Vicesecretaría General Técnica, la Subdirección General de Análisis Económico, la Dirección de ENESA, la Dirección General de Desarrollo Rural y la Asesoría de la Presidencia del FEGA.

A lo largo de ese recorrido claro que ha habido momentos especiales. Entre muchos otros: Mi primer destino, en Huelva, y mi incorporación a un Grupo de Trabajo que se constituyó en Córdoba, para fundamentar las acciones del Departamento, en producción vegetal. El ingreso en el Cuerpo de Agrónomos, en 1976. Los primeros nombramientos, en la DGPA, basados en la confianza de mis superiores (José Puerta, Julio Blanco) y en la generosa colaboración de los funcionarios de la Unidades que tuve que dirigir. Mi paso por la SGT, ENESA, Análisis Económico y Desarrollo Rural, donde esa colaboración permitió diseñar y aplicar medidas relevantes para el sector (negociación de la tributación por módulos; gestión de las ayudas y beneficios fiscales en la sequía del 92 al 95; nuevas coberturas en seguros agrarios; puesta en marcha de la modernización de regadíos). Mi despedida como funcionario del Estado, en el FEGA y, finalmente, la que tuvieron la generosidad de dispensarme Miguel Arias e Isabel García Tejerina, junto con los altos cargos del Departamento y muchos amigos, cuando dejé el Gabinete, en marzo del año pasado.

¿Qué le llevó a incorporarse al Cuerpo de Ingenieros Agrónomos del Estado?

En cierto modo, yo estaba “predestinado”. Mi padre era maestro nacional, un servidor público en la Educación. Así que el servicio público lo viví en mi casa desde que tuve uso de razón. Elegí hacerme Agrónomo tras mi paso por la Universidad de Murcia. Y me “hicieron” en la Escuela de Agrónomos de Madrid, en unos años, los primeros 60, muy próximos al cambio de planes de estudios, cuando la Escuela dejó de ser Escuela de funcionarios, para integrarse en la Universidad, como una facultad más.

Los profesores que tuvimos eran funcionarios que trabajaban, casi todos, también en el Ministerio. Y uno de ellos, Manuel del Pozo, nos propuso a unos cuantos compañeros incorporarnos al Ministerio, como personal contratado, en el marco de los Planes de Desarrollo de la época. Y allí fuimos. Era 1969. Cuando, después de siete años, conociendo por dentro la Casa y sus cometidos, se convocaron las primeras oposiciones al Cuerpo de Ingenieros Agrónomos –por cierto, muy reñidas – la opción era clara. Me presenté, tuve fortuna y las gané y me incorporé al Cuerpo en 1976.

Además de haber sido nombrado Colegiado de Honor del Colegio, el Ministerio de Agricultura le ha concedido también recientemente su máxima distinción, la Gran Cruz de la Orden Civil del Mérito Agrario, Pesquero y Alimentario. ¿Cómo ha recibido estos reconocimientos?

Va a sonar a tópico, pero no puedo decir otra cosa. Con una gran satisfacción. Tengo un amigo, medio filósofo, medio agrónomo, que una vez me dijo: Convéncete, “Fortis “– que es como me llama, cariñosamente – para ser feliz en la vida apenas si hacen falta tres cosas: un poco de cariño, un poco de protección y un poco de reconocimiento.

Nunca lo he olvidado, así que, tanto la distinción del Colegio, por parte de mis compañeros de profesión, como la distinción que me ha otorgado el Gobierno, a propuesta de la ministra Isabel García Tejerina, me han hecho sentirme especialmente feliz y han colmado, con mucho, las expectativas que yo pudiera tener respecto de mi trayectoria al servicio de la sociedad española, a través de la Agricultura y la Alimentación.

¿Cuál es el perfil que caracteriza al ingeniero agrónomo funcionario? ¿Qué cualidades debe tener?

El que a mí me parece más adecuado es el de un profesional comprometido con el servicio a la sociedad, con disponibilidad para llevar a cabo la tarea que se le encomiende, en el seno de la organización de la que forme parte. Ya sea el Ministerio de Agricultura o en cualquier otro Departamento de la Administración General del Estado o de las Administraciones Autonómicas, porque, aunque mayoritariamente servimos en Agricultura, los hay que administran otros temas menos ligados a lo agrario. En cuanto a cualidades había una muletilla que, siguiendo el alfabeto, decía que un buen profesional debiera ser RST. De responsable, serio (pero, sin exagerar) y trabajador.

Pero, a mi juicio, sobre cualquier otra consideración, la cualidad fundamental es que aprecie, que quiera lo que hace. Porque querer lo que uno hace (que es distinto de hacer lo que uno quiere) en esta profesión supone querer servir a los intereses generales (que, como Teruel, también existen) y considerar que no hay tarea menor; que, por pequeña que parezca la que tenga encomendada, todo tiene su importancia y sirve al objetivo final de la organización en la que se integra.

Según su opinión, ¿cuáles son los grandes frentes que tiene abierto el sector y que el nuevo ministro, Luis Planas, debe afrontar?

El Ministro Planas ya ha expuesto cuáles van a ser sus grandes líneas de trabajo con las que, por cierto, no puedo estar más de acuerdo. Creo que la idea de continuar con las políticas que dan buenos resultados, y mejorarlas en lo posible, es muy conveniente para los sectores a los que afectan. Y en el caso de la Agricultura y la Alimentación, donde las decisiones a adoptar por todos los implicados en la cadena alimentaria son a largo plazo, más si cabe. Cuando esto no es así, es razonable quejarse. Y así sucede con los frecuentes cambios en la PAC, cuando estos son muy bruscos, en relación con la situación de partida. Lo que sobra en nuestra sociedad y, desde luego, en el mundo rural, es incertidumbre, por lo que todo lo que ayude a eliminarla debe celebrarse.

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Falsas verdades

Ante la nueva reforma de la Política Agrícola Común (PAC) nuestros representantes han seguido la tradición de cerrar filas para defender el mantenimiento del status quo frente a la propuesta de la Comisión de dar más flexibilidad a los Estados Miembros para configurar la aplicación de la PAC en sus territorios.

Unos de los argumentos que más solemnemente usan nuestras Organizaciones Profesionales Agrarias (OPAs) y partidos para oponerse a su renacionalización [sic], parafraseando de memoria a Clara Aguilera, a la sazón Vicepresidenta de la comisión de Agricultura y Desarrollo Rural del Parlamento Europeo, son “el quebrantamiento de los principios del Tratado de funcionamiento de la Unión Europea y la amenaza de ruptura del mercado único, poniéndose en riesgo a la misma Unión Europea”.

Intentemos analizar su afirmación. Para ello, distingamos entre el conocimiento que acerca a la verdad y el que no lo hace, tal y como hace S. Weil en este maravilloso fragmento:

“Si un hombre sorprende a la mujer que ama, a la que ha dado toda su confianza, en el flagrante delito de infidelidad, entra en contacto brutal con la verdad. Si viene a saber que una mujer a la que no conoce, cuyo nombre oye por primera vez en una ciudad que tampoco conoce, ha engañado a su marido, eso no cambia para nada su relación con la verdad. Este ejemplo nos da la clave. La adquisición de conocimientos aproxima a la verdad cuando se trata del conocimiento de lo que se ama, y sólo en este caso. […]Desear la verdad es desear un contacto directo con la realidad. […] El amor real y puro desea siempre permanecer entero en la verdad, cualquiera que sea, incondicionalmente. […] La verdad es el esplendor de la realidad.”

Podríamos decir toscamente que hay verdades subjetivas, en el sentido de que afectan al sujeto que las adquiere o declara poniéndolo en contacto con la realidad (no estamos hablando del relativismo subjetivista), y verdades objetivas o declarativas, en el sentido de que se corresponden con una descripción de la realidad, pudiendo el sujeto hacerlas suyas sin que le afecten lo más mínimo. Las primeras implican un cambio en el sujeto que las declara o defiende, las segundas suponen un dato más en su discurso; dato que puede ser usado como medio para diversos fines.

Esta distinción no llama a descartar a priori las verdades que hemos bautizado como objetivas, sino a ponerlas en su lugar; y su lugar es al servicio del segundo tipo de verdades, las verdades que hemos llamado subjetivas. Las verdades objetivas son un medio, es decir, una herramienta; las verdades subjetivas son un fin en sí mismas, y por tanto poseen la capacidad de ubicarnos en la realidad. Cuando el orden se invierte, y usamos las verdades objetivas como fines, no sólo dejan de cumplir su función sino que nos alejan de la verdad.

Un margen mayor de los Estados Miembros para perfilar la PAC en sus territorios mediante Planes Estratégicos introduce el riesgo de distorsionar el mercado único. Pero también este riesgo puede minimizarse mediante medidas preventivas como puedan ser las anunciadas por la Comisión en su propuesta de criterios de redacción y medidas correctivas en caso de incumplimiento de dichos Planes Estratégicos Nacionales.

Este mayor margen podría ir contra el cumplimiento de los artículos 39 y 40 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Pero también, tal y como dice la Comisión, se ajusta al principio de subsidiariedad regulado por el segundo Protocolo del Tratado.

Vemos que por cada objeción razonable de Clara Aguilera, a la que hemos tomado como portavoz de nuestro sector, hay otra objeción razonable de la Comisión. ¿Es posible deshacer esta maraña de afirmaciones cruzadas? La clave nos la da Weil.

Cuando tratamos de contraargumentar poniendo en la balanza más argumentos que el contrario, es decir, a granel, estamos haciéndolo con verdades objetivas. Verdades que no son en sí mismas falsas, pero que no nos acercan un ápice a la realidad, patria común de ambos interlocutores, sino que nos encierran más en nosotros mismos.

Tras el argumentario de nuestras OPAS y partidos no hay ninguna verdad subjetiva, por lo menos explícita; tan solo el uso de verdades objetivas utilizadas como medios con el fin de que el sector agrario español no pierda presupuesto. Y con un fin tan endeble, tal y como nos muestra la historia reciente de la PAC, los debates sobre sus sucesivas reformas están perdidos de antemano.

Nuestro sector agrario teme que esta fuente de recursos que se llama Unión Europea dé el primer paso hacia el cierre del grifo mediante el subterfugio de la renacionalización. Por desgracia, en la primera fila de nuestra posición no hay una auténtica preocupación (léase amor en la terminología empleada por Weil) por el sector agrario europeo. Ese amor que se duele por el contacto con la realidad.

Con esta nube zumbante y ruidosa de palabras cruzadas soslayamos continuamente la única verdad subjetiva que afecta a ese sujeto que es la Unión Europea, y es que no es una verdadera unión, sino una confluencia de intereses económicos. Un cuerpo sin alma, arrastrado por el viento de aquí para allá. El viento que hacen soplar otras potencias y organizaciones mundiales, sin más resistencia que la protesta inconexa y educadamente alborotadora de sus miembros, que no paran de aducir verdades objetivas unos contra otros, alejados de la realidad que los une.

Un debate de este calibre merece una propuesta que nos saque de este rosario de reformas que tienen como final la consumación de la agricultura tal y como la conocemos. Merece que todos los afectados (agricultores, representantes políticos y profesionales, operadores y ciudadanos en general) realicemos un ejercicio de sinceridad extremo guiado por el deseo de contacto directo con la realidad, cualquiera que sea. En este debate no sólo nos jugamos el sector agrario, también nos jugamos la Unión Europea. Pues cuando lo único que amalgama a un colectivo son los volubles intereses económicos, si estos dejan de existir es cuestión de tiempo que el colectivo acabe disolviéndose como azucarillo en agua.