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No hay mal que por bien no venga o la historia de un insecto alienígena y monumental.

La ficción tiene entre sus propósitos el de reavivar aquella primera emoción palidecida por la repetición de la costumbre. La sorpresa del niño que ve por primera vez un ser inmenso, de cuello y melenas largas, mirada noble y extremidades finísimas e infinitas acabadas en pequeñísimas puntas es la misma de aquel hombre que, en la sabana o en la estepa, vio un caballo trotando contra el viento y lo nombró por primera vez. En este sentido, el unicornio es un ser mitológico y de ficción que, dotando al consuetudinario jamelgo de un asta, un poco de esquivez y ciertas propiedades fabulosas actualiza aquel primer asombro del descubridor ante tan maravilloso cuadrúpedo.

Pero esta capacidad de la ficción de retrotraernos a aquel primer descubrimiento puede también evocar otras emociones primigenias aparejadas al mismo tales como el miedo; y esto es porque el estado psicológico del que surgen ambas, sorpresa y miedo, es el mismo, a saber, la extrañeza hacia lo diferente y desconocido. Dan cuenta de ello las pretéritas leyendas y cuentos, en las que terroríficos  monstruos y maravillosas criaturas cohabitan; antecesores de los hodiernos relatos de fantasía, terror y ciencia ficción.

Pese a las discrepancias entre los autores en torno a la mayor o menor relación que debe existir entre realidad y ficción, para que ésta sea efectiva en su recreación de emociones primigenias, todos están de acuerdo en que ha de seguir unas mínimas reglas. Una de ellas es la verosimilitud. A partir de ciertos hechos verificables por el espectador o el lector de manera inmediata, el creador de ficciones construye su relato. En ciertos casos estos rudimentos son ciertas hipótesis científicas, como en la ciencia ficción; en otros son los testimonios históricos de avistamientos de animales unicornes como los de rinocerontes hechos por los exploradores de la antigüedad y medievales, o de animales con anomalías genéticas.

Personaje de "Men in Black" inspirado en el gorgojo.

Personajes inspirados en el gorgojo.

Siguiendo esta línea de creación de seres de ficción basados en animales, los artrópodos han inspirado numerosos monstruos y personajes. Su variabilidad, su morfología, su prolijidad en individuos y extremidades, su capacidad para metamorfosearse, su comportamiento colectivo e individual; en fin, su distancia con respecto a nosotros, bípedos racionales de sangre caliente ha atraído la atención de cineastas y escritores, que han visto en ellos una generosa fuente de aquella extrañeza primigenia de la que hablábamos.

Pupa de gorgojo.

Pupa de gorgojo.

Uno de estos extraños artrópodos que tantos seres de ficción ha inspirado es el gorgojo o picudo. La contemplación de esta familia de coleópteros de probóscide prolongada, ojos indiferentes y caparazón masivo, que en su fase de pupa parecen una cría alienígena esperando plácidamente en su cápsula espacial a aterrizar en un planeta propicio para invadirlo, despierta la primigenia extrañeza ante lo distinto, que dependiendo del observador, transformará en sorpresa o en miedo.

Prueba de la película "La llegada".

Prueba de la película “La llegada”.

Aunque la Tierra en su conjunto no haya sido invadida por alienígenas, es decir, por extraños, que es lo que significa esta palabra latina, hay regiones de la misma que son y siguen siendo invadidas por hexápodos extraños o alienígenas cada año. Estas invasiones son a veces abortadas en frontera, otras vencidas sobre el terreno invadido y en otros casos se aprende con resignación a convivir con ellas mediante diversos medios de control. Lo absolutamente excepcional es que los invadidos rindan honores al invasor.

Uno de estos alienígenas invasores es el gorgojo Anthonomus grandis. Procedente de Centro y Suramérica es una plaga de cuarentena del algodón, cuya introducción en nuestro país y en toda la Unión Europea está prohibida en los territorios de Andalucía, Cataluña, Murcia y Valencia al considerarse regiones algodoneras libres de la misma. Para asegurarse de ello, la normativa fitosanitaria europea (Directiva 29/2000) obliga a la obtención al ácido de las semillas de algodón importadas, así como a su acompañamiento por un certificado fitosanitario debidamente cumplimentado.

Pues bien, este gorgojo de cuarentena cuenta con el honor de poseer un monumento, al modo de los grandes conquistadores; con una diferencia, en este caso el monumento fue elevado por los conquistados. En el centro de Enterprise, Alabama, una impávida cariátide blanca alza majestuosamente un gorgojo del tamaño de un perro, transportándonos al Jardín de las Delicias del Bosco o a una película de ciencia ficción con tintes de surrealismo.

Monumento en honor del gorgojo del algodón, Enterprise, Alabama

Monumento en honor del gorgojo del algodón, Enterprise, Alabama

A principios de siglo XX, este gorgojo llegó a los campos de algodón del sur de Estados Unidos procedente de México. Incapaces de controlarlo infectó todas las zonas de producción, arrasando ciertas regiones. Devorando las flores y brotes de las plantas de algodón provocó la crisis de la industria algodonera y con ella la de numerosas ciudades sureñas. Como consecuencia se produjo la primera gran migración negra estadounidense hacia las ciudades del norte, incluida Chicago. Esta primera migración, que comenzó durante la I Guerra Mundial y se extendió hasta los años 20, catalizó la creación y popularización del jazz; como botón de muestra las numerosas canciones de blues y jazz dedicadas a nuestro extraño invasor hasta entrados los años 60 (la más conocida, “Bollweevil song“, de Led Belly´s).

Mientras sus compatriotas seguían luchando contra el invasor, los agricultores de Enterprise, Alabama, decidieron diversificar y dedicarse al cultivo del cacahuete. En 1919 el empresario Bon Fleming, secundado por el ayuntamiento y el pueblo de Enterprise, erigió el monumento. La placa conmemorativa del mismo reza:

“Con profundo agradecimiento al gorgojo del algodón y a lo que hizo como heraldo de prosperidad, fue erigido este monumento por los ciudadanos de Enterprise, Coffee County, Alabama”.

Treinta años después Luther Baker pensó que un monumento al gorgojo se merecía un gorgojo, y le añadió uno de considerables proporciones, componiendo tan alucinante figura.

Decíamos al principio que el primer encuentro, el encuentro con una criatura nueva y extraña, con un alienígena, suscitará siempre extrañeza. Seguramente la extrañeza que suscitó el gorgojo entre los agricultores del sur de Estados Unidos no fue la misma que suscitan hoy los monstruos de ficción inspirados en él. Lo que sí­ es seguro es que el Anthonomus grandis suscitó la misma extrañeza en los agricultores de Enterprise, Alabama, que en el resto de agricultores sureños. No obstante, mientras que unos transformaron esta extrañeza en miedo, el pueblo de Enterprise la transformó en una extraña admiración; pues aunque podrían haber levantado un monumento al cacahuete, o a la audacia de sus agricultores decidieron levantar un monumento al gorgojo, el contrapeso que espoleó su creatividad.

Poniendo en práctica aquel castizo refrán de que “no hay mal que por bien no venga“, cristalizaron aquella su primigenia emoción de extrañeza y admiración en una ficción de piedra y bronce, la de un gorgojo del tamaño de un perro mostrado al mundo por un personaje de la antigua Grecia; de entre las muchas ficciones sobre el gorgojo, la única que no trata de suscitar miedo hacia este monumental insecto, a la vez temido y admirado, y que cuenta en su haber con un género musical.

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En respuesta a un amigo: ecologismo científico, sentimental e integral.

Me decí­a un amigo que la única manera que tendrá el hombre de convivir con la naturaleza a largo plazo será mediante su confinamiento en ciudades autosuficientes. No sólo ignoraba el principal postulado del desarrollo rural, a saber, el desarrollo territorial equilibrado, aquél que busca evitar la hipertrofia de las ciudades con sus favelas, chabolas, pisos ataúd y barrios en serie; junto a la anemia de los pueblos y comarcas rurales. No, no sólo lo ignoraba, sino que lo rehuía conscientemente.

Me argumentaba que gracias a los logros de la tecnología combinados con el nuevo urbanismo, las megaciudades pueden ser y serán habitables y sostenibles. De este modo la humanidad podrá al fin poner coto a su sed infinita de recursos encerrándose en una jaula de cables, hormigón y microchips hecha a su medida. Una jaula que la protegerá de si misma, de su propio potencial destructor. Podemos imaginarnos un mundo donde la inmensa mayoría de los habitantes no sepan de dónde proceden los alimentos; producidos éstos, en aras del mínimo uso de recursos naturales, por grandes multinacionales altamente tecnificadas, eficientes, y respetuosas con el medio ambiente, difícilmente distinguibles de la Administración Pública (véase la tendencia europea y mundial a la concentración de tierras). Yendo un poco más allá podríamos imaginar fábricas donde los tejidos vegetales se sinteticen a partir de algas en tanques altamente eficientes en el uso de la energía solar; y los tejidos animales a partir de cultivos in vitro nutridos por estas algas, haciéndose innecesario cualquier tipo de agricultura y ganadería.

En el polo opuesto encontramos otros movimientos que reclaman el retorno a la naturaleza. Hablamos de la agricultura ecológica, los numerosos casos de retorno al medio rural de urbanitas desengañados provenientes de clases medias/altas, la proliferación de cooperativas de consumo y plataformas de venta por internet de alimentos procedentes directamente del productor, la multiplicación de los huertos urbanos, etc.

Ambas posturas  pese a ser diametralmente opuestas (la primera busca el mínimo contacto con la naturaleza por medio del abandono de la agricultura tradicional y la vida rural que la acompaña; buscando la segunda la vuelta a esta misma agricultura tradicional y su vida rural), surgen como reacción a un mismo estado de cosas. Nos encontramos en un punto de equilibrio inestable en el cual la agricultura industrializada está a un paso de dar lugar a una agricultura que nada tiene que ver con la agricultura tradicional. Ante esta situación en la que aún conviven dos modelos de agricultura, al menos en el ideario popular, tendemos inevitablemente a caer por una de las dos pendientes que nos lleven al equilibrio estable: la pendiente de la  agricultura digital, manejada por drones, pantallas táctiles,  robots y biotecnología; y la de la agricultura de los campesinos: la agricultura esforzada, del pueblo, los tomates que saben a tomate y los abuelos.

No sólo coinciden en que surgen como reacción a un mismo estado de cosas, sino que, aunque no lo parezca, buscan lo mismo, pero por vías distintas: el retorno al equilibrio estable, el equilibrio medioambiental. Mientras que una lo hace por medio del sentimiento, la otra lo hace por medio del análisis de las estadísticas y el optimismo tecnológico.

Los que, como mi amigo, son más racionalistas, y abogan por las megaciudades eficientes y autosuficientes, tienen en cuenta las previsiones de crecimiento de la población mundial, el incremento del nivel de renta medio y el consecuente incremento mundial en la demanda de alimentos caros en términos energéticos de esa población mundial (entre otros recursos). En cambio, los más sentimentales se guían de alguna manera por un ideal más bucólico del campo, más propio de Walt Disney o de una égloga de Virgilio que de la cruda realidad  (incremento de suicidios en el campo francés); obviando el gran avance que supuso su mecanización, si no para todos, al menos para los pocos agricultores que sobrevivieron a la misma.

Por el bien de las discusiones entre amigos, no obstante, siempre hay un pero. Al razonamiento de mi amigo se le pueden oponer dos objeciones. De la primera no estoy muy seguro por pertenecer al ámbito de la economía, sin ser el que escribe un economista; de la segunda, estoy algo más seguro  por pertenecer al ámbito de la antropología, siendo el que escribe, hasta donde sabe, un ser humano.

Mi racionalista amigo, se basa en las previsiones de incremento de la población, renta, demanda de alimentos, etc. realizadas por reputados economistas. Los números no engañan. Y es cierto, no engañan sobre el papel. Como los economistas saben latín, suelen poner a final de sus predicciones y modelos la coletilla “ceteris paribus“. Con ella quieren decir que la variable o variables que predicen, en función de otra u otras variables independientes, serán válidas siempre que el resto de variables que explican su modelo permanezcan tal cual, es decir, constantes; y de paso se cubren las espaldas. Esto no desacredita sus modelos ni predicciones, pero los ponen en su lugar, sobre todo cuando en estos modelos matemáticos interviene la poco matemática e imprevisible voluntad humana. Los modelos de predicción económicos, al incluir la variable humana son avisos sobre posibles hechos futuros que podrían darse de no cambiar los sujetos económicos su comportamiento. Pueden informar sobre algunas de las soluciones posibles económicamente, de acuerdo al modelo, pero dado el extensísimo ámbito de posibles actuaciones del género humano, éstas son necesariamente insuficientes (en esto no seguimos a Adam Smith). Pongamos un ejemplo: para 2100 los modelos proyectan que la población será de 11.200 millones de habitantes; estos modelos no tienen en cuenta, sin embargo, la más que probable propagación de la depresión demográfica europea a otros países en vías de desarrollo cuando con nuestro modelo de vida material exportemos otras actitudes asociadas al mismo. De hecho, ya hay algún modelo que se hace eco de este fenómeno, adelantando un estancamiento de la población mundial para 2050.

En cuanto a la segunda objeción, aquellos que decíamos parecen guiarse por un sentimiento más proclive a Tambor que a Gore, sienten de alguna manera que lo que nos devolverá al equilibrio ecológico es la plena integración en la naturaleza, y no nuestro aislamiento con respecto a la misma. Sienten de manera difusa que todo lo que nos saca del puzle del medioambiente va en contra del equilibrio medioambiental. Si rascamos bajo la capa de algodón de azúcar de su difuso sentimiento, puede que encontremos alguna sustancia.

lobo

Hay indicios evidentes que apoyan el razonamiento de los ecologistas científicos o aislacionistas. Basta con observar cómo aquellos ecosistemas menos frecuentados por el hombre se conservan en mejor estado que aquellos en los que solemos disfrutar de nuestro inofensivo tiempo de ocio (playas, rutas de senderismo, etc.). Con estadísticas en la mano, por ejemplo, las poblaciones de grandes carnívoros (linces, lobos y osos) se están recuperando en Europa donde el despoblamiento rural ha sido más acusado, es decir dónde ha fracasado el desarrollo rural. Que el ser humano se está comportando como un agente nocivo para la naturaleza es evidente. Pero la pregunta es, si sólo se está comportando como tal o si ES por naturaleza un agente nocivo. La pregunta que deberíamos hacernos es qué es el ser humano en relación a la naturaleza.

El ser humano ES naturaleza. El gran drama del ecologismo aislacionista o científico, es que olvida la naturaleza allí­ donde se da a nosotros en primer lugar, es decir en nuestro cuerpo de animal racional. Así­, una ecología concreta tiene el deber de ser una ecología humana en primer lugar, no porque el hombre posea una dignidad que le distingue de los animales, sino porque el hombre es el primer animal, la primera naturaleza con la que estamos en relación, y es a partir del cuidado de esta primera naturaleza como nuestra atención puede extenderse a las demás naturalezas (F. Hadjadj). ¿Qué ecologismo es ese que maltrata al primer elemento de la naturaleza con el que tiene relación encerrándolo en una jaula de cables, hormigón y microchips, negándole una de sus más profundas vocaciones? ¿Cómo podría dar al resto de la naturaleza aquello que niega a la primera naturaleza? ¿Y cuál es esta vocación? La de cooperar con nuestro esfuerzo con la gratuidad de la naturaleza en eso que llamamos trabajo. Los monasterios budistas o benedictinos, auténticos vergeles de vida, la vida nómada de los indígenas norteamericanos o los bereberes norteafricanos o la más cercana dehesa ibérica, son ejemplos de perfecta integración, adaptación y modificación del medio ambiente por la actividad humana, en perfecta simbiosis. La situación actual de desequilibrio no es más  que una gota, una excepción, en el océano de la historia humana; aunque sea una gota que nos parezca hay teñido todo de negro.

Desde este enfoque, la principal crítica que se puede hacer a la ecología aislacionista o científica frente a la sentimental, es que ha teorizado de tal manera el medio ambiente que lo ha convertido en una realidad abstracta que excluye a su primer eslabón de enlace con el ser humano, que es el ser humano de carne y hueso, el hombre natural. El desarrollo de una ecología científica lleva a la orfandad del ser humano y a una insensibilidad cada vez mayor con respecto a eso que ni siquiera reconoce en sí­ mismo, pues la mayor parte de lo que somos nos viene dado. El problema ecológico, lejos de lo que proclaman los ecologistas científicos, es un problema antropológico.

Siguiendo el mismo hilo en sentido contrario, la crítica que se puede hacer a los ecologistas exclusivamente sentimentales es que pierden el enfoque económico de la relación entre el hombre y la naturaleza. Y es que allí donde nosotros colocamos el comercio y los servicios, los antiguos colocaban la agricultura, la más antigua y primordial relación entre el hombre, la economía y naturaleza :

  • Virgilio, en las Geórgicas: “Feliz aquel que ha podido conocer las causas“, en referencia a la agricultura.
  • Aristóteles: “el arte de la agricultura viene antes de todos los demás; después aparecen las actividades que extraen las riquezas del suelo, como explotar las minas, la metalurgia, etc. Pero la agricultura es mayor en el orden de la justicia; porque no es ejercida por los hombres como una profesión arbitraria, como la de los mesoneros o la de los mercenarios, ni como una profesión forzada, como la de los guerreros. Añadamos a esto que la agricultura es mayor en el orden de la naturaleza; porque la madre proporciona a todos el alimento natural; y la Madre común a todos los hombres es la tierra“.
  • Cicerón en “De officiis“: “Entre todas las ocupaciones de las que se puede sacar algún beneficio, la más noble, la más fecunda, la más deleitosa, la más digna de un verdadero hombre y ciudadano libre es la agricultura“.

Me imagino argüir a mi amigo con un quizás justo sarcasmo: “Muy bonito, ¿y qué?,¿piensas meter a la humanidad en un monasterio o hacerla nómada? ¿piensas dar un trozo de tierra a todos los habitantes del planeta y armarlos con un azadón para que recuperen el gusto por la feraz naturaleza? ”

Mi respuesta: no podemos ni debemos volver al pasado, que tampoco fue Jauja. No sé exactamente lo que hay que hacer; pero por lo pronto, parafraseando a Chesterton, viene bien que la gente prefiera la leche que procede de las sucias ubres de una vaca a la que proviene de las limpias estanterías de un supermercado por, como decía Virgilio, ignorancia de las causas.

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El cooperativismo agrario español o cómo huyendo de un fantasma puedes convertirte en otro (II)

Continuación de la anterior entrada.

Causas jurídico-económicas de una oportunidad perdida.

Pintábamos en la anterior entrada un retrato oscuro del cooperativismo español; y esto es así porque lo hacíamos desde la perspectiva del ideal de cooperativa, aquel por el cual, frente a la Sociedad Anónima, la Sociedad Cooperativa se erige como aquella sociedad en la que, dentro de la lógica de la economía moderna, trabajo y capital vuelven a estar vinculados para generar riqueza. Terminábamos preguntándonos si los poderes públicos habían tenido alguna responsabilidad en tal situación.

La conciencia de esta situación por parte de la Administración es innegable. A todos nos suena la machacona invocación a la necesidad de integración cooperativa para paliar la grandísima atomización del sector agrario (sólo hay que introducir en Google “atomización cooperativa” para encontrar miles de resultados que vinculan a la Administración con este tema, ya desde los 90). Su última manifestación es la Ley 13/2013 de fomento de la integración de cooperativas.  Pero quizás, los árboles no nos hayan dejado ver el bosque. La preocupación por el  tamaño empresarial ha desviado la atención del verdadero problema de las cooperativas españolas. Cada empresa requiere una dimensión adecuada al mercado en el que compite; una dimensión similar a la de sus competidoras; una dimensión que le permita negociar en condiciones de igualdad con sus proveedores y sus compradores. Pero mayor no es siempre sinónimo de mejor. El problema de las cooperativas agroalimentarias españolas no es en primer lugar el tamaño, sino su incapacidad de financiación.

Cooperativa Ganadera del Valle de los Pedroches

Cooperativa Ganadera del Valle de los Pedroches

Una cooperativa, de inicio, tiene dificultad para captar capital por  su propia naturaleza. La cooperativa nace como algo opuesto a la Sociedad Anónima, que es la máquina jurídica  perfecta para captar capital. En las sociedades anónimas, al ser el capital fijo -el socio sólo puede recuperar su valor mediante la venta de las acciones- y al depender su valor del funcionamiento de la empresa y su imagen en el mercado, el capital social puede revalorizarse, resultando atractiva la inversión por parte de inversores anónimos. Este capital fijo y creciente se usa como garantía para captar crédito.

En las cooperativas, en cambio, el capital es variable (el socio se lo lleva al irse y lo aporta al llegar), no dependiendo su valor del funcionamiento de la empresa, sino del valor de sus activos. Esto hace que no sea garantía válida para la captación de crédito. Por otro lado la financiación de las sociedades anónimas es atractiva, al permitir la ley la remuneración variable al capital. En las cooperativas esto no es posible: la remuneración es fija. Contablemente hablando, esto supone que la Sociedad Anónima cuenta con el Capital y las Reservas en el Propio, mientras que la Sociedad Cooperativa sólo cuenta con las Reservas (que suelen ser nulas en el 80 % de las cooperativas españolas como vimos en la anterior entrada). A esto hay que añadir la interpretación restrictiva de los principios cooperativos que hacen tanto la ley nacional como las autonómicas: por ejemplo, la limitación a las operaciones con terceros.

*Un modelo alternativo

Desde los poderes públicos no se puede  cambiar la idiosincrasia de los agricultores españoles. Pero sí se puede promover la sanción de leyes cooperativas que no supongan en sí mismas una traba a la financiación cooperativa.

Sin desviarse un ápice de los principios cooperativos  es posible la promulgación de leyes cooperativas tanto a nivel autonómico como nacional que mejoren la capacidad de financiación de las cooperativas. El modelo propuesto por Joaquín Domingo Sanz, se fundamenta en que “las reservas no se repartirán a los socios durante la vida de la cooperativa, sino al final de la misma, protegiendo a la cooperativa durante la misma”.

Con este modelo el 100 % de las reservas son de los socios –actualmente una gran parte de las mismas revierte a la Administración con la disolución de la cooperativa-, siendo  a la vez de la cooperativa durante toda su vida.  Según este modelo,  el Capital Social se dividirá en: i) Capital Social con derecho a devolución: recuperable íntegramente en el momento de la baja (el equivalente al que hay en la actualidad) y ii) Capital fijo con derecho a ser cedido, irrecuperable por el socio salvo al final de la vida de la cooperativa o a través del traspaso a un tercero (nuevo socio) con el consentimiento de la cooperativa (equivalente a las acciones de la Sociedad Anónima). El Capital Social fijo se nutrirá del Capital Social con derecho a devolución (10 % cada año; en 10 años se habrá hecho fijo) . Este capital pasará al Fondo de Educación si hay abandono y no se cediese a un tercero.

Con este sistema el valor de la participación social unitaria estará relacionado con la marcha de la empresa. Si la empresa funciona revertirá en sus socios pagándose mejores precios por su trabajo, siendo a la vez atractiva la participación en la cooperativa debido a la plusvalía que pueda generar la cesión de participaciones. Asimismo, las reservas harán que crezca el valor teórico de las aportaciones, lo que redundará en el beneficio del socio en el momento de su jubilación mediante la venta de su participación.

Este modelo supone un acercamiento del modelo de financiación cooperativa al modelo de financiación de la Sociedad Anónima. Sin embargo, puede observarse cómo este acercamiento no supone la transgresión de los principios cooperativos. Los tres principales permanecen intactos: i) un hombre, un voto,  ii) participación económica de los asociados y iii) los superávits pertenecen a los socios. La protección del resto de principios cooperativos dependerá del desarrollo estatutario propio de cada cooperativa.

La Sociedad Cooperativa surgió para generar riqueza (capital) restableciendo el vínculo entre trabajo y capital. Sin embargo, su búsqueda de distanciamiento con respecto a la Sociedad Anónima, la hizo deslizarse hasta presupuestos jurídicos antieconómicos. La Sociedad Cooperativa  olvidó durante su desarrollo legislativo y social  que surgió para generar riqueza de un modo diferente, centrándose, por el contrario, en ser diferente sin generar riqueza. El Estado Capitalista usó las sartenes para dar sartenazos. El cooperativismo pese a surgir para usar las sartenes en la cocina, acabó usándolas de florero. Huyendo de un fantasma, se convirtió en otro.

Algunas cooperativas españolas se han desarrollado gracias a fuertes motivaciones extraeconómicas (Mondragón, COVAP, Los Pastoreros, etc.), ajenas o incluso sobreponiéndose a la legislación cooperativa. Pero estos casos son la excepción (3 %). Es necesaria una legislación que promueva, en lugar de la integración como valor supremo, mejorar la capacidad de financiación de las cooperativas españolas protegiendo su capital social y  catalizando el cambio en la política de reparto de reservas voluntarias, tal y  como propone el modelo expuesto.

*De los apuntes de la asignatura “Gestión de Cooperativas Agrarias” (2009),  Joaquín Domingo Sanz (ETSIAM de Córdoba).

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La tecnología (II). Unamuno y el progreso.


Continuación del anterior

Suele esgrimirse en contra D. Miguel de Unamuno, la conocida frase “¡Qué inventen ellos!”, de su ensayo “El Pórtico del Templo” (1906). Con ella el insigne vasco abogaba por el abandono español de cualquier preocupación tecnológica. Por lo general se considera expresión de los prejuicios hispánicos hacia el progreso tecnológico y por tanto causa y eslogan del atraso tecnológico de nuestro país y de toda Latinoamérica. Su defensores tratan de justificarla acudiendo a la descontextualización de la frase. Pero nada más lejos de la realidad. Esta posición, antiprogresista, fue mantenida por Unamuno con mayor firmeza a medida que avanzaba su carrera. Comienza a atisbarse en obras tan conocidas como  en “Amor y pedagogía” (1906) y termina cristalizando en su “Del sentimiento trágico de la vida” (1913).

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Don Miguel de Unamuno, 1925

En este fragmento del ensayo breve “Mecanópolis” (1913), en el que describe un futuro dominado por las máquinas, podemos apreciarla claramente: “Y desde entonces he concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta cultura, y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que llore y ría como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan los días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en un bosque virgen”.

Pero Unamuno no siempre pensó así. Fue cuajando este pensamiento a partir de una posición claramente positivista. Hasta 1906, Unamuno era un declarado y entusiasta socialista científico, seguidor de las teorías de Compte y Spencer, llegando a afirmar que “el socialismo científico era pura y simplemente la verdadera religión de la humanidad”. ¿Qué ocurrió para que diera tan drástico giro? ¿En qué se basaba su odio hacia progreso tecnológico?

La clave la encontramos en su conocido concepto de intrahistoria.  Unamuno no odiaba el progreso por el progreso. Unamuno se dio cuenta del vacío que encerraba un progreso planificado desde fuera, el progreso alienador. Pasó de una fase en la que estimaba el progreso técnico por sí mismo a otra en la que estimaba que “el progreso social ha de alcanzarse conforme a las condiciones de la tradición viva, de la intrahistoria de un pueblo; de lo contrario, con una fórmula científica y universal, tan sólo se logrará anular a ese pueblo“.

Cada época y cada sociedad tienen sus grandes retos o tareas comunes. Si tuviéramos que elegir la de nuestro tiempo, la del siglo XX y XXI,  casi sin lugar a dudas, sería la tarea común del desarrollo tecnológico. Sin embargo, en el trabajador de a pie -y no nos referimos solamente a los obreros manuales- este gran reto no genera entusiasmo, sino pesadumbre. La pesadumbre del paro para los que no tienen empleo, la pesadumbre de la repetitividad y el aburrimiento para los que lo tienen. ¿Cómo se ha llegado a tal desapego? La falsa ley de la eficiencia ha relegado la dignidad inherente al trabajo humano, considerándolo como un lastre, llegando a sentir el trabajador sobre sus hombros el peso de su propio estorbo.

Si no consideráramos el trabajo como un lastre, si invirtiéramos la espiral y valoráramos el trabajo como lo que es, es decir, como el medio que tiene el hombre de alcanzar su dignidad mediante la participación en la tarea común de una sociedad, la sustitución indiscriminada del trabajo humano por trabajo mecánico no tendría ningún sentido, porque ¿por qué ha de hacer una máquina lo que me proporciona dignidad y felicidad?

Es tristemente lógico que el empresario se encuentre imbuido en esta lógica de la automatización indiscriminada con el fin de disminuir costes, pero, ¿no nos escandaliza que el mismo trabajador esté poco a poco aceptando la inexorabilidad de la automatización, resignándose a aceptar un salario sólo por existir sin participar de ningún modo en la tarea común? ¿no es éste el concepto de renta básica? Esto creará una sociedad de alienados, de personas desconectadas de cualquier preocupación común. La Revolución Industrial creó la clase del proletariado; la Revolución Tecnológica creará una nueva clase, la de los descartados,  que tendrán que ser mantenidos por la clase dominante, la de los supervisores y los creativos, como dice Hawkins, mediante ese subsidio que eufemísticamente llaman renta básica.

La responsabilidad de los ingenieros en todo este proceso, sobre todo desde la Revolución Industrial, es considerable; para bien y para mal. Asumiendo las responsabilidades de su posición profesional, en este momento histórico, la tarea del ingeniero es la de contribuir en la medida de sus posibilidades a la reconducción del desarrollo tecnológico hacia una tecnología connatural al hombre. Una tecnología que ayude al hombre en su trabajo, pero que no lo sustituya. Una tecnología que no anule la creatividad,  ni la dignidad de su esfuerzo, sino que lo embellezca y realce. Una tecnología que ensalce al trabajador y su trabajo.

En la era de las aplicaciones móviles, las redes sociales y la electrónica de bajo coste, las pequeñas intervenciones que ayuden al trabajador desde dentro, introduciéndose en su intrahistoria y no anulándola, son cada vez más factibles. Los ingenieros no tenemos excusas para caer en la espiral de la eficiencia, dejando de participar en el desarrollo de una tecnología servicial, intrahistórica y artesanal que plante cara a la automatización indiscriminada.

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La tecnología (I). La Revolución tecnológica y la ley de la eficiencia.

Durante la II guerra púnica, la independiente ciudad griega de Siracusa se alió con los cartagineses ante la amenaza de la conquista romana. Fue heroica su resistencia durante meses al ejército romano. Pero lo que nos importa no es el hecho de su resistencia sino cómo se llevó a cabo. Siracusa contaba entre sus ciudadanos con el científico e ingeniero Arquímedes. Según las crónicas de Polibio, la intervención de Arquímedes fue clave en la resistencia frente a Roma. Se cuentan entre sus ingenios bélicos, gigantescos lanzadores de piedra de doble brazo que arrojaban proyectiles de enorme peso a larguísimas distancias, aparatos capaces de dejar caer sobre los barcos del enemigo enormes cantos rodados y vigas, garras de hierro con la que hundía barcos de gran tonelaje, o los míticos espejos ustorios que podían prender fuego a los barcos concentrando la luz solar a larguísimas distancias. Sus aplicaciones técnicas tuvieron tanto éxito, que la victoria final de los romanos llegó gracias a un engaño, no siendo capaces de conseguirla mediante el enfrentamiento directo. El relato de las maravillas de que fue capaz Arquímedes es todavía hoy en gran parte incomprensible, moviéndose entre lo histórico y lo legendario. Su logros son aún objeto de estudio y discusión.

Sitio de Siracusa

Sitio de Siracusa

Nos interesa este relato por la significación de su anomalía. Las crónicas sobre aplicaciones técnicas de tal calibre son muy escasas en el mundo antiguo. Pero aún más sorprendente es su ausencia en el caso de una sociedad con tan avanzados conocimientos científicos como la griega.

Para algunos autores, si la ciencia griega no produjo muchas aplicaciones técnicas no fue por incapacidad, sino porque los científicos griegos no las querían. Por un lado temían las consecuencias de su uso por tiranos y conquistadores. Por otro, su ejercicio científico formaba parte de corrientes esotéricas reservadas sólo para algunos iniciados. Esto explicaría que los secretos de las invenciones de Arquímedes siguieran siendo una incógnita durante siglos, habiéndolos puesto en práctica él mismo, única y exclusivamente para defender su patria sin revelar sus misterios.

Con la conquista romana del mundo conocido, las grandes obras de ingeniería se extendieron, pero el genuino saber griego pareció enmudecer. Corrió el riesgo de perderse con la caída del Imperio Romano, salvándose durante la Edad Media  gracias al movimiento monástico y a las escuelas de pensamiento árabes. No obstante, este periodo no fue de latencia, sino de metamorfosis. La ciencia griega resurgida en Europa ya no era la misma. Si el motor de los científicos griegos era el conocimiento por sí mismo, en el desarrollo de la ciencia europea, tal y como acabó demostrando la revolución industrial, lo era la promesa de poder transformar la realidad. Mientras que la ciencia griega era esotérica, la ciencia surgida de la Edad Media resultó democrática y universal. La desaparición de las fronteras entre ciencia y tecnología, entre sabios e ignorantes, entre conocimiento y poder trajo la Modernidad.

Esta mutación llegó a su madurez con la Revolución Industrial. Antes de la misma los obreros estaban sometidos a la necesidad natural, después pasaron a estarlo de la necesidad mecánica, de manera que la tecnología pasó a cumplir el papel de la naturaleza. Si antes el esfuerzo era para vivir, ahora lo era para ser eficientes. Pareciera que con la Revolución industrial la humanidad entera se hubiera ajustado a una nueva ley natural que obligara al hombre a ser cada vez más y más eficiente, a hacer cada vez más con menos.

Científicos y pensadores anuncian que estamos en los albores de una nueva revolución tecnológica, seguramente de más profundas consecuencias que la Revolución Industrial. Recientemente, en “The Guardian” Stephen Hawkins profetizaba que el aumento de la automatización y el ascenso de la Inteligencia Artificial va a acabar con los empleos de la clase media, manteniéndose sólo, y en número escaso, los empleos creativos y de supervisión. Paralelamente las voces que demandan una renta básica van en aumento. “Es inevitable. Es progreso”, afirma el conocido científico.

Pero, ¿realmente es inevitable este “progreso”? ¿verdaderamente es necesaria la eficiencia?

En un entramado científico-técnico sano deberían poder distinguirse claramente el papel de las ciencias puras y de la tecnología. Entendemos por ciencias puras aquellas que no someten su inteligencia nada más que el deseo de conocer la verdad. Incluimos todas las vías de conocimiento de la verdad posibles, tanto las de las ciencias humanas como las de las ciencias naturales. La tecnología, en cambio, debe poner su inteligencia al servicio de la consecución de un objetivo concreto preestablecido, usando los conocimientos adquiridos por las ciencias puras.

En nuestro actual sistema científico-tecnológico los papeles se han invertido. Las ciencias puras  se encuentran sometidas a las posibles aplicaciones que de ellas se consigan, habiendo quedado relegadas a la irrelevancia algunas de ellas, como las ciencias humanas, de las que ningún fruto tangible puede obtenerse. Entre las que se supone que son ciencias puras, no existe la búsqueda absoluta y libre de la verdad, sino que invirtiéndose la escala, son los científicos los que se someten a las necesidades de los tecnólogos.

La vocación de la tecnología, en cambio, es la transformación de la realidad. Esta noble vocación, al perder su carácter instrumental, se ha convertido en tirana de todo el sistema, alimentándolo con la mentira de la eficiencia. La tecnología, sólo desde un enfoque de servicio tiene sentido. Su encumbramiento a la categoría que los griegos le daban a las ciencias puras, nos hace servidores de ella, enloqueciendo el sistema. 

No existe ninguna ley que nos obligue a ser más eficientes, más productivos o a estar más ocupados. No existe ninguna razón que nos obligue a avanzar en la eficiencia, si llegamos a la conclusión de que ésta puede dañarnos. Como decía Chesterton, la eficiencia, la velocidad y la productividad pueden ser grandiosas; pero no hay ninguna razón para que nos dirijamos hacia una grandiosidad que puede acabar con nosotros.

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La Política Agrícola Común, ¿una política incoherente o paradójica?

“ La vida real está compuesta de tensiones producidas por la incompatibilidad de opuestos, cada una  de las cuales es necesaria. Del mismo modo que la vida carecería de sentido sin la muerte, la agricultura carecería de sentido sin la industria.[…]. La vida humana civilizada demanda el equilibrio de los dos principios, pero este equilibrio es ineluctablemente destruido cuando no apreciamos la esencial diferencia que hay entre agricultura e industria –una diferencia tan grande como la diferencia entre la vida y la muerte- e intentamos tratar a la agricultura simplemente como otra industria”.

E. F. Schumacher.

Recientemente, ciertos diarios digitales se hacían eco del informe titulado “Acaparamiento y concentración de tierras en Europa”, elaborado por la organización Transnational Institute (TNI). En él sus autores acusan a la Política Agrícola Común (PAC) de la concentración de tierras ocurrida durante las últimas décadas en la Unión Europea (UE).

No es necesario recurrir a informes no oficiales para constatar dicha tendencia. Herramientas estadísticas propias de la UE como la Encuesta de la Estructura de las Explotaciones Agrarias, regulada por el Reglamento (CE) 1166/2008, dan cuenta de dicha transformación. Por ejemplo, el número de explotaciones en nuestro país pasó de 2,28 millones en 1989, antes de la Reforma Mc Sharry, a 0,99 millones en 2009. El número de explotaciones agrícolas ha continuado reduciéndose en un 2,5% de 2009 a 2013. La superficie media por explotación  han ido aumentando paralelamente. Esta tendencia se repite en el resto de países de la UE.

La Comisión no oculta estos resultados y puede que dichas acusaciones no las considere como tales. En efecto, la aspiración de la aplicación de los principios de las economías de escala a la agricultura – lo cual pasa necesariamente por la reducción de la población activa agraria y el consecuente aumento de la superficie media – se encuentra en la PAC desde 1968. El Dr. Sicco Mansholt, vicepresidente de la Comisión y responsable de agricultura por aquella época,  una vez atravesado el periodo de postguerra en el que el abastecimiento de alimentos a precios razonables era el principal objetivo, propuso un plan conocido por su nombre en el que se buscaba la asimilación económica de la agricultura al resto de sectores industriales mediante la reducción de la población activa agraria en 5 millones de agricultores para 1980. Aunque finalmente dicho plan no se materializó debido a la reticencia de las organizaciones agrarias y ciertos Estados Miembros -los únicos favorables, y no por completo, eran los del Benelux-,  sus objetivos se han ido precipitando por el peso de la realidad mundial, frente a la cual la PAC pareciera que se ha ido dejando moldear a la vez que adoptaba las demandas de los Estados Miembros y las organizaciones agrarias mediante el mantenimiento de un cada vez más exiguo y complejo statu quo.

Sicco Mansholt (1967)

Sicco Mansholt (1967)

Puede ser objeto de duda que la complejidad de la PAC se deba a esta aparente complacencia tanto con los de fuera como con los de dentro. No cabe duda, en cambio, sobre la convivencia en la PAC de distintas sensibilidades sobre lo que la agricultura europea debería ser. Desde sus inicios, las aspiraciones opuestas a la tendencia economicista  iniciada por Mansholt también se fueron incorporando a la PAC. Sus tesis pueden considerarse herederas de las del economista alemán E.F. Schumacher, que ya por la década de los 70 criticaba el plan Mansholt anticipando la desaparición de la Europa rural, con sus tradiciones y paisajes, así como la degradación de los suelos y el medio ambiente en general, si finalmente la por entonces Comunidad Económica Europea optaba por una agricultura abierta e industrial.

Sorprendentemente fueron aquellas medidas del Plan Mansholt incorporadas, tras su fracaso inicial, en las llamadas políticas socioestructurales -jubilación anticipada, formación de jóvenes del ámbito rural para el acceso a empleos no agrarios o la transformación de tierras de cultivo en lugares de esparcimiento para la población urbana-, las que allanaron el camino presupuestario a la aplicación de medidas totalmente opuestas en sus fines. Mientras que aquellas buscaban la reducción de la población activa agraria, o si se prefiere facilitaban el éxodo rural, éstas perseguían la fijación de la población activa agraria oponiéndose al éxodo rural. El mayor exponente de este segundo grupo de medidas lo encontramos en el segundo Pilar de la PAC. Nos referimos a medidas tales como las de primera incorporación de jóvenes agricultores, modernización de explotaciones, promoción de canales cortos de comercialización, agroambiente y clima  -antiguas agroambientales-, etc. Fuera del ámbito presupuestario del FEADER también encontramos medidas cuyo fin es la fijación de la población rural mediante el apoyo a sectores menos competitivos, como por ejemplo las antiguas ayudas del artículo 69 y 68 de los Reglamentos 1782/2003 y 73/2009 respectivamente, sustituidas en el actual marco normativo por los pagos directos a sectores con dificultades especiales del RD 1075/2014.

Como consecuencia de la convivencia de estos dos principios antagónicos en la PAC, muchas veces da la impresión -sobre todo entre los agricultores y los gestores de las ayudas-  de que se usan recursos económicos en sentidos completamente opuestos, llegando a malograr unas medidas lo que otras intentan. Detengámonos, por ejemplo, en las ayudas a la primera incorporación de jóvenes agricultores. Estas ayudas están pensadas para nutrir al sector agrícola con profesionales externos al mismo, invirtiendo o al menos suavizando el trasvase de recursos humanos del sector agrario a otros sectores. De ser la orientación del nuevo agricultor extensiva, estará condicionada a la propiedad o arrendamiento de una superficie considerable de tierra; de ser intensiva lo estará a una inversión elevada en bienes de equipo, material vegetal o animales. Con una PAC como la actual, con los agricultores plenamente insertados en el mercado mundial, y con un importe máximo de 70.000 € de subvención,  parece razonable esperar que sólo los solicitantes que cuenten con el respaldo de una familia con tradición agrícola -tierras en propiedad, por ejemplo-, podrán dar cierta permanencia a su incorporación. En el idílico caso de que un joven agricultor que no cuente con este respaldo, productor de cualquier “commodity”, como son la inmensa mayoría, lograra tener éxito y arraigara en su profesión con estos mimbres, nunca dejaría de ser un pequeñísimo agricultor, cuando el grueso de la PAC –con su continua desvinculación de la producción-, y la Organización Común de Mercados –con su desprotección de los cultivos europeos frente a las importaciones- priman la competición vía costes con explotaciones comerciales de superficie media como las brasileñas de 92 ha en el sur o de 897 ha en el centro/oeste de este país. 

Lo mismo ocurre con otras medidas como las de promoción de canales cortos de comercialización, incluidas en el nuevo marco normativo de Desarrollo Rural inaugurado por el Reglamento 1305/2013. Este tipo de medidas apoyan sistemas de comercialización en los que no participe más de un intermediario para promover el comercio de alimentos de cercanía, cuando al mismo tiempo la Unión Europea mantiene su política de negociación de acuerdos comerciales con otros países desarrollados interesados en suavizar las trabas que encuentran sus distribuidoras transnacionales de alimentos en la Unión Europea.

Dirección General de Agricultura y Desarrollo Rural en Bruselas

Dirección General de Agricultura y Desarrollo Rural en Bruselas

Las preguntas surgen inmediatamente: ¿No estaremos desparramando con una mano lo que recogemos con la otra? ¿Estamos despilfarrando recursos? ¿Para qué nadar contracorriente con tan pobres recursos cuando podríamos emplear todos nuestro recursos en  nadar a favor de la corriente, al mismo ritmo de nuestros competidores? ¿Qué sentido tiene el mantenimiento de una PAC bifronte?

Desde luego, lo fácil sería optar por una vía u otra, es decir, por la liberalización total de la agricultura y su consecuente industrialización, o por una autarquía europea que se cerrara a la influencia internacional, aferrándose a su identidad. Sin embargo, observados independientemente, ambos principios contienen verdades. Por un lado, es totalmente cierto que la agricultura es más que un sector industrial, es la forma que tiene el hombre de relacionarse con su medio, no sólo desde el punto de vista medioambiental. De alguna manera, una importante parte de la identidad europea se encuentra en sus campos y sus gentes. Todos, incluso los más alejados del medio rural, tienen un origen rural. Por otro lado, en un mundo cada vez más abierto e interdependiente, la autarquía parece irrealizable, obligándonos a ser competitivos. Asimismo el cierre de nuestras fronteras, cuando dependemos del exterior en tantísimos otros recursos como la energía o las materias primas no agrarias parece cuanto menos egoísta.  Nos encontramos pues ante dos ideas ciertas y contrapuestas al mismo tiempo. Y un par de ideas ciertas y contrapuestas pueden conformar una incoherencia o una paradoja.

La paradoja es una figura retórica que llama la atención sobre una idea mediante un par de aparentes contradicciones. En el ámbito de la filosofía, hay autores que dan un paso más, reconociéndola como el medio para acceder a una verdad superior, en la que se contienen ambas ideas opuestas manteniendo la tensión, es decir, sin caer en el eclecticismo o incoherencia:

“La contradicción, como ya Platón sabía, es el único instrumento del pensamiento que se eleva. Pero hay un uso legitimo y un uso ilegitimo de la contradicción. El uso ilegitimo consiste en combinar afirmaciones incompatibles como si fueran compatibles. El uso legítimo consiste, cuando dos verdades incompatibles se imponen a la inteligencia humana en reconocerlas como tales y convertirlas por así decirlo en los dos brazos de una pinza, un instrumento para entrar directamente en contacto con el dominio de la verdad transcendente inaccesible a nuestra inteligencia.”

S. Weil.

Esta teoría filosófica ha sido adaptada por los teóricos de las organizaciones para afirmar que las sociedades –entendiendo sociedad en un sentido amplio: civilizaciones, países, empresas, organigramas, jerarquías, etc.-  que permanecen son aquellas que son capaces de gestionar sus propias paradojas.

Llegados a este punto estamos en condiciones de preguntarnos si esta PAC dual, la de las economías de escala y los pequeños agricultores, sigue un esquema paradójico o incoherente.

Según veíamos, han de cumplirse dos criterios para que exista paradoja, a saber, el mantenimiento de un equilibrio tenso entre ambas contradicciones y el vislumbre de un paradigma superior. Se esté dando o no de facto una paradoja en el caso de la PAC –esto dependerá de la gestión que hagamos como Unión Europea de este par de ideas contrapuestas- parece que podría darse. Sin ser totalmente conscientes, los europeos estamos eligiendo reforma tras reforma, por medio o a pesar del statu quo una solución al problema de la agricultura europea que no provendrá de la aplicación de una política liberalizadora ni proteccionista.

La verdad superior a la que nos lleva la paradoja de la PAC es que, siendo cierto que los europeos consideramos valiosa la conservación de la relación tradicional del hombre con la naturaleza y consigo mismo a través de la agricultura, no queremos que ésta provenga de medidas coercitivas, sino de las decisiones responsables de los agricultores y los consumidores. Con la liberalización, los europeos aspiramos a una protección responsable. Queremos un mercado libre y a la vez responsable. Un mercado dirigido por las manos visibles de los García y no por la mano invisible de Smith.

La paradoja nos empuja a superar el pesimismo de Mansholt y el de sus detractores valiéndose de ellos mismos: el pesimismo que no espera del consumidor que se mueva por criterios que vayan más allá de los económicos y el pesimismo que considera a los consumidores irresponsables por naturaleza y por tanto incapaces de conservar su propia identidad sin la protección del Estado. Vemos cómo en el fondo,  la concepción de los liberalizadores –en el sentido economicista- y de los proteccionistas –en el sentido economicista también- es la misma: la de un hombre irresponsable.

No sabemos si finalmente la política europea será capaz de dar con la piedra angular que equilibre estas dos tensiones permitiéndola elevarse más allá de sí misma. Lo que sí sabemos es que  poco a poco estamos situando nuestra  identidad ante el peligroso abismo de nuestra propia responsabilidad. No obstante, que una senda sea peligrosa no implica que no merezca el riesgo de ser transitada.

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San Jorge, los olivares, y el Dragón.

Imagínese un monstruo del tamaño de un elefante africano, con unas fauces de tal dimensión que pueda engullir un árbol de un solo trago. Tan grande es su boca, que todo él es boca. Sus dientes no forman una sola línea, sino que cubren toda la profundidad de su garganta.  Cuando avanza, sus rugidos pueden oírse a kilómetros a de distancia. Pero no sólo es feroz brutalidad. De los árboles sólo codicia sus frutos, siendo capaz de extraerlos con gran habilidad gracias a la movilidad de sus dientes, expeliendo el árbol prácticamente intacto por aquella parte donde la espalda pierde su casto nombre. Ahora, deje de imaginar. Porque esta bestia mitológica, que pareciera sacada de un bestiario medieval,  no sólo está en su imaginación. Se está extendiendo por los campos españoles y sus jinetes la hacen llamar cosechadora cabalgante.

En los años 60, la mecanización integral, completamente desarrollada en los cultivos herbáceos, acababa de nacer en forma de vibradores de troncos entre los cultivos leñosos. No fue hasta principios del presente siglo cuando las máquinas recolectoras de aceituna de almazara y almendra alcanzaron su edad adulta en forma de cosechadoras cabalgantes. Las tipo vendimiadora se usaron por primera vez en la cosecha de uva de vinificación en espaldera, pasando más tarde a emplearse en plantaciones de otros cultivos leñosos, como el olivar y el almendro,  adaptados a su funcionamiento mediante la formación en seto. Las tipo Colossus, parece que para ganarse su titánico nombre, crecieron para poder cabalgar olivos de mucho mayor porte.

Cosechadora de café, muy similar a las cosechadoras cabalgantes de olivar y almendro.

Cosechadora cabalgante.

No hace falta acudir a las estadísticas para constatar su multiplicación. Basta con levantar la mirada cuando nos trasladamos en tren o por carretera fuera de las ciudades de la mitad sur peninsular. Por donde pasan las cosechadoras cabalgantes las plantaciones de olivar y almendro de gran porte y amplios marcos de plantación dejan paso a líneas paralelas y apretadas de frondosos setos; y  las zonas que tradicionalmente se vestían del cambiante color de los cereales comienzan a vestirse de un permanente manto verde azulado.

Pero hay bastiones que se resisten a su avance. El olivar tradicional no mecanizable, aquel con pendientes superiores al 20% no permite la reconversión al nuevo sistema de cultivo y es que a tan altas pendientes las cosechadoras cabalgantes pierden su estabilidad. Nos referimos a la no desdeñable superficie de 575.000 ha de olivar de sierra, un 22 % de la superficie total de olivar en España. La consecuencia es que para un mismo aceite, existen dos sistemas productivos radicalmente diferenciados. Y es que la recolección supone en el olivar tradicional el 50% de sus costes.

En la gráfica podemos apreciar la influencia de la mecanización en los costes de producción del olivar. Para un precio medio en origen del aceite de oliva virgen extra entre 2001 y 2014 de 2,27 €/kg, vemos cómo mientras que los costes de producción del olivar intensivo y en seto dejan espacio a un margen de beneficio, lo hacen a las pérdidas en el olivar tradicional no mecanizable. La pregunta es inmediata: ¿Cómo subsiste este tipo de olivareros con tales pérdidas? Lo hacen complementando sus rentas con las ayudas directas de la Política Agrícola Común, las ayudas provenientes de los Programas de Desarrollo Rural autonómicos y, en regiones como Andalucía y Extremadura, asistidos por el Plan de Fomento del Empleo Agrario (PFEA).

costes_aemo

Elaboración propia a partir de datos de la Asociación Española de Municipios Olivareros (AEMO).

El futuro de las comarcas de olivar en pendiente es cuanto menos incierto, pues parece económicamente lógico que progrese esta tendencia, y la mejor prueba es que, pese al mantenimiento de la superficie de olivar en los últimos años, la producción no ha dejado de aumentar debido al cambio productivo. Cada vez hay más olivareros menos sensibles a las oscilaciones de precios debido a la drástica disminución de sus costes, pero queda un reducto de olivareros cada vez con menor capacidad de reacción. En los últimos años, gracias a que el aumento de la producción ha sido paralelo al aumento de las exportaciones, el precio del aceite de oliva se ha mantenido. Pero parece claro quiénes serán los primeros en abandonar el mercado del aceite de oliva en caso de cualquier depresión de los precios.

En la era de la Revolución Tecnológica, la de los robots e Internet, cuando ya parecía que la revolución de la mecanización del campo había quedado atrás, puede que estemos asistiendo a uno de los últimos estertores del éxodo rural iniciado en los años 60. Muchos pueblos de comarcas predominantemente olivareras en zonas de alta pendiente de Andalucía están amenazados. Y la solución no parece que pase por el incremento del apoyo a la renta por parte de la Administración. La intervención de la Administración puede que sirva de amortiguador de una caída inevitable o de catalizador de una salvación inesperada; ya que ninguna ayuda es tal si no tiene entre sus objetivos su propio final y entre sus asunciones la de su propia subsidiariedad.

Una solución podría ser la aceptación del abandono de estas comarcas: la Administración podría promover el adehesamiento de estas regiones, amortiguando el negativo efecto que tal abandono de la actividad supondría para sus habitantes por medio de ayudas a la reforestación. Una solución intermedia podría pasar por la promoción de la calidad diferenciada, asociada al consumo responsable, al consumo de productos elaborados de manera tradicional y al turismo rural que pudiera surgir relacionado con dichas iniciativas. Al menos, que se salven unos pocos.

Pero toda historia que no quiera caer en la resignación ha de seguir el esquema de los grandes relatos épicos.

La grandeza de los héroes es una reconstrucción posterior; en sus orígenes el héroe es pequeño, irrelevante. Es el encanto de la poesía del pequeño que vence al gigante el que se repite en todos ellos.  San Jorge es un héroe por el mismo motivo que todos los héroes lo son. El pequeño Jorge, sorprendentemente, sale vencedor frente a la arrolladora, ciega e inexorable voluntad del gigantesco monstruo. Sin embargo, hay una nota distintiva en su historia. En una de las tradiciones más antiguas de la leyenda de San Jorge y el Dragón, el santo no mata al Dragón. Lo guarda cautivo en una cueva y lo rocía con agua bendita. Es decir, convierte al monstruo, lo purifica. Invierte la jerarquía: en lugar del hombre esclavizado por el miedo a la fuerza ciega, es la fuerza la que se pone al servicio de la luz del hombre.

Imagínese ahora un nuevo San Jorge; un Jorge de nuestros días, que desde su pequeñez, busca domeñar a la bestia conocida en todo el Reino por Cosechadora Cabalgante. Acabar con ella es imposible, pues él es insignificante y su enemigo es sólo es la punta de lanza de una horda mucho mayor llamada Mecanización, madre de la actual Automatización; pero convertirla, con agua bendita o sin ella, quizás sea posible. El San Jorge de nuestros días, como el de aquella versión de la leyenda, sabe que la bestia sólo es destructora cuando se despliega desbocada. Pero si consiguiera poner al ciego monstruo al servicio de los hombres…

Este héroe medieval  no sólo vive en nuestra imaginación, donde debe seguir viviendo; también lo hace en iniciativas con nombres tan poco heroicos como el de MECAOLIVAR, auspiciados por entes tan poco épicos como la Administración. Desde ciertos grupos de investigación, en colaboración con empresas y agricultores,  tratan de invertir la jerarquía, poniendo la máquina al servicio del hombre en lugar del hombre al servicio de la máquina; y lo hacen de una manera tan aparentemente insignificante como es adaptando el nuevo enfoque de las cosechadoras integrales a los olivares más tradicionales.

Parece ser, después de todo y pese a las apariencias, que la nuestra sigue siendo época de dragones.

 

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Ganadería desvinculada.

De cazadores a ganaderos, de ganaderos a industriales, y de industriales a técnicos de laboratorio.

Dentro del modelo alimentario europeo, la regulación sobre nuevos alimentos no es baladí. A modo de correa de transmisión, el Reglamento de Nuevos Alimentos  –R(UE) 2015/2283–  concilia el principio de precaución, fundamento del modelo alimentario europeo,  con su vocación innovadora. Sin olvidar la prioridad de la defensa de los derechos de los consumidores, promueve la innovación mediante la agilización en la tramitación de nuevos alimentos, así como actualizando su articulado a los más recientes avances científicos e industriales.

De esta manera, viene a ser una previsión de la Unión Europea sobre el futuro abanico de alimentos ofertados en el mercado único.  De entre los nuevos alimentos considerados por el Reglamento en sus definiciones destaca el tejido de origen animal cultivado. Un filete cultivado en laboratorio procede de células miosatélite. Estas células tienen la función de reparar daños musculares formando fibras mediante su multiplicación. Pueden ser extraídas de los animales sin producirles daño alguno. La reproducción del proceso que llevarían a cabo estas células en su organismo de procedencia en una placa petri da lugar a los miotubos, que, con el sustrato y la disposición adecuada, pueden formar un filete comestible.

Cultivo de células animales en una placa Petri.

Cultivo de células animales en una placa Petri.

Este nuevo alimento tendría que hacerse hueco en el a priori  consolidado mercado cárnico europeo, y por extensión en el occidental. Uno de los indicadores del desarrollo económico -hasta este punto el consumo de carne se ha convertido en un rasgo característico de las economías desarrolladas y en desarrollo-  es el consumo per cápita de carne y su composición (50 kg/persona y año en España, el doble de lo indicado por la llamada dieta mediterránea, y 65 kg/persona y año en la UE). La bondad de este indicador reside en que una alta producción y consumo de carne implica un sistema ganadero industrializado, abastecedor de una población urbanita en crecimiento. Este fenómeno típicamente occidental, que facilitó y está facilitando el acceso a proteína de calidad a un mayor número de personas, se ha exportado a los países en vías de desarrollo. La FAO estima que la producción de piensos tendrá que aumentar un 70 % para poder alimentar a un mundo que para 2050 tendrá que duplicar su producción cárnica.

Sin embargo, el sistema de producción cárnica industrializado se está viendo amenazado por su propio éxito en aquellos países donde primero arraigó. La Comisión prevé, por primera vez en la historia de la UE, un descenso no puntual del consumo cárnico en la próxima década. La sobreabundante consecución de sus objetivos ha redundado en el surgimiento de problemas impensables en un sistema de producción preindustrial. Hablamos de la difícil y aún no resuelta gestión de sus residuos, la emisión de metano, la creciente superficie cultivada orientada a la alimentación animal, los desequilibrios nutricionales en la alimentación humana, la dependencia de la importación de proteína vegetal y sobre todo la cosificación de los animales, reflejada en el aumento de la preocupación por el bienestar animal. Todos estos problemas, en opinión de Mark Post, investigador de la Universidad de Maastrich, y uno de los artífices de esta carne de laboratorio que está en vías de disminución de sus costes de producción para lanzarse al gran mercado, se desvanecerían sustituyendo el consumo de carne natural por carne sintética.

Granja de pollos en Florida.

Granja de pollos en Florida.

Termine encontrando o no su nicho en el selecto mercado comunitario tan prometeica creación, la aparentemente anecdótica aparición de la carne de síntesis, como ocurre con la de otras fuentes alternativas de proteína como los insectos,  no atiende una veleidad, sino que indica una tendencia y responde a una causa muy concreta y es la búsqueda seria de alternativas al elevado consumo de proteínas de origen animal y sus consecuencias.

No obstante, nos preguntamos si es una buena solución aquella que aborda el problema huyendo hacia adelante y no en  sus causas. Si los problemas del mercado cárnico derivan de la industrialización de su producción, la solución integral del problema no puede venir de una industrialización aún mayor -no hay ambiente más artificial y por tanto más industrial que un laboratorio-. La industrialización de la producción cárnica conllevó la ruptura de infinidad de vínculos: el vínculo entre el consumidor y el productor -rurales versus urbanitas-, el vínculo entre el animal y la naturaleza -producción intensiva en detrimento de la producción extensiva-, el vínculo entre el consumidor y el animal -consumidores desconectados y desconocedores de la realidad rural y sus procesos naturales- , el vínculo entre la ganadería y la agricultura -ruptura de la economía circular que aprovechaba los restos de cosecha para la alimentación animal, y los residuos animales para el abonado en agricultura-, etc. La aparente solución de estos problemas propuesta por la síntesis de carne en laboratorio supondría paradójicamente la culminación de los mismos, y su consecuencia sería la desvinculación absoluta ¿Es ésta la solución que deseamos los europeos? ¿Cuál es la alternativa?

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Buscando la aguja en el pajar o qué hacer cuando no se encuentra sastre para la aguja: un caso de gestión del riesgo medioambiental.

Todo trabajo de inspección es minucioso y repetitivo. El colectivo objeto de los Inspectores de Hacienda  es el de una gran mayoría de agentes económicos que cumplen con sus obligaciones fiscales. El de los Inspectores de Ayudas de Superficie de la Política Agrícola Común es el de una gran mayoría de agricultores que declaran las superficies que realmente cultivan. El objetivo del inspector es pues evitar los falsos negativos, es decir, evitar que esos pocos que se salen del comportamiento deseado y mayoritario pasen por uno más entre tantos. El objetivo del inspector es buscar la aguja en el pajar.

A ello habría que añadir una componente de tensión en el caso de los  Inspectores de Sanidad Vegetal en frontera. Ciertamente, su trabajo es el de un equilibrista. Por un lado, no pueden permitirse una alta tasa de falsos positivos (interceptaciones de organismos que finalmente no son de cuarentena) pues estarían obstaculizando el comercio de mercancías de origen vegetal.  Por otro lado, un falso negativo (la entrada de un organismo de cuarentena) podría ser fatal. Aún vivimos las consecuencias de la dispersión en nuestro país de plagas como la del Picudo Rojo o la Polilla del Tomate.

En ciertas circunstancias, sin embargo, el equilibrista y buscador de agujas ha de dejar paso al domador de leones y al encantador de serpientes. El pasado mes de abril el Servicio de Sanidad Vegetal del Puesto de Inspección Fronterizo del puerto de Bilbao se encontró con más de 200 m3 de maderas de estiba abandonadas. Estaban gravemente infestadas por escarabajos de la madera: todo un riesgo medioambiental, más aún dado el enclave del puerto, una zona eminentemente forestal. Las maderas habían sido abandonadas tras la descarga de un buque, procedente de Ucrania, cargado de acero laminado. La madera, pese a presentar sellos acreditativos del tratamiento térmico pertinente, estaba minada de larvas y adultos de coleópteros Cantharidos y de otros géneros, todos ellos de especies no reguladas.

De James Lindsey at Ecology of Commanster, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1671918

De James Lindsey at Ecology of Commanster, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1671918

La gestión del riesgo se encontró con un vacío de responsabilidad. Al tratarse de madera que acompañaba a una mercancía, no podía ser considerada mercancía y por tanto carecía de propietario. Las compañías de seguros entraron en discusiones legales por la falta de claridad de las legislaciones aplicables. Finalmente, de entre todos los agentes implicados (cargador, concesionario de la zona de descarga, importador del acero, naviera, etc.) fue el agente de aduanas el que asumió los costes.  Transcurrieron cinco meses hasta encontrar sastre para la aguja. Durante este tiempo, el Servicio de Sanidad vegetal llevó a cabo un control preventivo consistente en la fumigación preliminar para evitar la expansión de los insectos, fumigación bajo lona con fosfuro de aluminio, aislamiento y vigilancia de la zona.  Finalmente, la madera se retiró e incineró, único modo de acabar con las larvas de las galerías más profundas.

Consecuencia de esta intervención se ha establecido una instrucción aduanera a nivel cantábrico que requiere la inspección fitosanitaria de la madera de estiba previa a la descarga de la mercancía. Ya ha dado sus primeros frutos: se ha impedido la descarga de dos barcos más del mismo cargador ucraniano en el mismo estado en otros puertos. 

Mientras tanto, los inspectores de Sanidad Vegetal en frontera siguen buscando la aguja en el pajar.

Noticia publicada en el Correo

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La Gran Muralla Verde Africana.

Sahel significa en árabe costa u orilla; fin del mar de arena del Sáhara y comienzo de las verdes sabanas del sur. Cubre una extensa franja de territorio que va de las aguas del Atlántico en Senegal hasta las aguas del Mar Rojo en Eritrea.

Esta sabana seca es particularmente propensa a largos periodos de sequía. Normalmente años sucesivos de bajas precipitaciones suceden a años de precipitaciones por encima de la media. Sin embargo, desde finales de los 60, el Sahel ha sufrido muchos más periodos de severas sequías que periodos húmedos (L. J. Schmidt. 2001. From the dust bowl to the Sahel. Earth Observatory, NASA).

Las sequías obligan periódicamente al desplazamiento de la agricultura de secano a las zonas boscosas, arbustivas y de pastizales reduciendo la cantidad de forraje disponible para el ganado trashumante. Los pastores trashumantes, a su vez, haciendo todo lo posible por salvar a sus animales durante este período, aumentan el ramoneo de árboles ya débiles, causando la muerte de muchos de ellos. La desaparición de los árboles elimina el efecto cortavientos, aumentando la erosión eólica. De este modo, el siguiente periodo de sequías es mucho más dañino para los árboles supervivientes. Otras prácticas culturales, como el desbroce, trastornan los ciclos de naturales de fertilización del suelo, produciéndose carencias de nutrientes, que si no se sustituyen con fertilizantes orgánicos o químicos, provocan la dismininución de los rendimientos agrícolas. (Gorse, J. La desertificación en la zona sudanosaheliana del Africa occidental. Depósito de documentos de la FAO). Se calcula que se pierden 1712 M ha de bosque al año.

La presión sobre los recursos naturales aumenta en paralelo al crecimiento de la demanda de alimentos. Se entrelazan por tanto causas naturales y antrópicas en el avance del Sahara hacia el sur; avance con consecuencias medioambientales que ponen en riesgo las posibilidades de desarrollo de las comunidades del Sahel que se ven abocadas al éxodo rural, en países con especial incidencia del extremismo islámico.

En respuesta a este desafío, la Unión Africana con el apoyo de múltiples organizaciones como la FAO, el Banco Mundial o la UE, anunció en 2007 la plantación de la Gran Muralla Verde del Sáhara y el Sahel con el objetivo de revertir la desertificación. La finalización de este pasillo de árboles de 15 km de ancho y 7775 km de largo, uno de los mayores proyectos medioambientales de la historia  está prevista en dos décadas.

Hasta el momento 3,746,777 árboles han comenzado a frenar los embates del desierto (https://info.ecosia.org/what).

Recomendamos el video de presentación oficial del proyecto:

http://www.greatgreenwall.org/#growing-a-world-wonder

Otros enlaces:

http://blogs.20minutos.es/goldman-sachs-is-not-an-after-shave/2016/10/13/la-gran-muralla-verde-de-africa-para-detener-el-Sahara/

http://www.abc.es/internacional/20130104/abci-acnur-agua-sael-201301032034.html

http://www.fao.org/docrep/r5265s/r5265s02.htm

http://earthobservatory.nasa.gov/Features/DustBowl/

https://en.wikipedia.org/wiki/Great_Green_Wall