En respuesta a un amigo: ecologismo científico, sentimental e integral.

Me decí­a un amigo que la única manera que tendrá el hombre de convivir con la naturaleza a largo plazo será mediante su confinamiento en megaciudades. No sólo ignoraba el principal principio del desarrollo rural, a saber, el desarrollo territorial equilibrado, aquél que busca evitar la hipertrofia de las ciudades con sus favelas, chabolas, pisos ataúd y barrios en serie; junto a la anemia de los pueblos y comarcas rurales. No, no sólo lo ignoraba, sino que lo rechazaba conscientemente.

Me argumentaba que gracias a los logros de la tecnología combinados con el nuevo urbanismo, las megaciudades pueden ser y serán habitables y sostenibles. De este modo la humanidad podrá al fin poner coto a su sed infinita de recursos encerrándose a sí misma en una jaula de vidrio y hormigón hecha a su medida. Una jaula que la protegerá de si misma, de su propio potencial destructor. Dirijamos nuestra imaginación a un mundo donde la inmensa mayoría de los habitantes no saben de dónde proceden los alimentos; donde éstos son producidos, en aras del mínimo uso de recursos naturales, por grandes multinacionales altamente tecnificadas, eficientes, y respetuosas con el medio ambiente, difícilmente distinguibles de la Administración Pública (véase la tendencia europea y mundial a la concentración de tierras). Yendo un poco más allá podríamos imaginar fábricas donde los tejidos vegetales se sinteticen a partir de algas en tanques altamente eficientes en el uso de la energía solar; y los tejidos animales a partir de cultivos in vitro nutridos por estas algas, haciéndose innecesario cualquier tipo de agricultura y ganadería.

En el polo opuesto encontramos otros movimientos que reclaman el retorno a la naturaleza. Hablamos de la agricultura ecológica, los numerosos casos de retorno al medio rural de urbanitas desengañados provenientes de clases medias/altas, la proliferación de cooperativas de consumo y plataformas de venta por internet de alimentos procedentes directamente del productor, la multiplicación de los huertos urbanos, etc.

Ambas posturas  pese a ser diametralmente opuestas, surgen como reacción a un mismo estado de cosas. Nos encontramos en un punto de equilibrio inestable en el cual la agricultura industrializada está a un paso de dar lugar a una agricultura que nada tiene que ver con la agricultura tradicional. Ante esta situación en la que aún conviven dos modelos de agricultura, al menos en el ideario popular, tendemos inevitablemente a caer por una de las dos pendientes que nos lleven al equilibrio estable: la pendiente de la  agricultura digital, manejada por drones, pantallas táctiles,  robots y biotecnología; y la de la agricultura de los campesinos: la agricultura esforzada, del pueblo, los tomates que saben a tomate y los abuelos.

No sólo coinciden en que surgen como reacción a un mismo estado de cosas, sino que, aunque no lo parezca, buscan lo mismo, pero por vías distintas: el retorno al equilibrio estable, el equilibrio medioambiental. Mientras que una lo hace por medio del sentimiento, la otra lo hace por medio del análisis de las estadísticas y el optimismo tecnológico.

Los que, como mi amigo, son más racionalistas, y abogan por las megaciudades y la agricultura altamente concentrada y eficiente, tienen en cuenta las previsiones de crecimiento de la población mundial, el incremento del nivel de renta medio y el consecuente incremento mundial en la demanda de alimentos caros en términos energéticos de esa población mundial (entre otros recursos). En cambio, los más sentimentales se guían de alguna manera por un ideal más bucólico del campo, más propio de Walt Disney o de una égloga de Virgilio que de la cruda realidad  (incremento de suicidios en el campo francés); obviando el gran avance que supuso su mecanización, si no para todos, al menos para los pocos agricultores que sobrevivieron a la misma.

En una discusión entre amigos que se precie, no obstante, siempre hay algún pero. Al razonamiento de mi amigo se le pueden oponer dos objeciones. De la primera no estoy muy seguro por pertenecer al ámbito de la economía, sin ser el que escribe un economista; de la segunda, estoy algo más seguro  por pertenecer al ámbito de la antropología, siendo el que escribe, hasta donde sabe, un ser humano.

Mi racionalista amigo, se basa en las previsiones de incremento de la población, renta, demanda de alimentos, etc. realizadas por reputados economistas. Los números no engañan. Y es cierto, no engañan sobre el papel. Como los economistas saben latín, suelen poner a final de sus predicciones y modelos la coletilla “ceteris paribus“. Con ella quieren decir que la variable o variables que predicen, en función de otra u otras variables independientes, serán válidas siempre que el resto de variables que explican su modelo permanezcan tal cual, es decir, constantes. Esto no desacredita sus modelos ni predicciones, pero los ponen en su lugar, sobre todo cuando en estos modelos matemáticos interviene la poco matemática e imprevisible voluntad humana. Los modelos de predicción económicos, al incluir la variable humana son avisos sobre posibles hechos futuros que podrían darse de no cambiar los sujetos económicos su comportamiento. Pueden informar sobre algunas de las soluciones posibles económicamente, de acuerdo al modelo, pero dado el extensísimo ámbito de posibles actuaciones del género humano, éstas son necesariamente insuficientes. Pongamos un ejemplo: para 2100 los modelos proyectan que la población será de 11.200 millones de habitantes; estos modelos no tienen en cuenta, sin embargo, la más que probable propagación de la depresión demográfica europea a otros países en vías de desarrollo cuando con nuestro modelo de vida material exportemos otras actitudes asociadas al mismo. De hecho, ya hay algún modelo que se hace eco de este fenómeno, adelantando un estancamiento de la población mundial para 2050.

Para la segunda objeción, escuchemos a los ecologistas sentimentales.  Éstos sienten que de alguna manera lo que nos devolverá al equilibrio ecológico es la plena integración en la naturaleza, y no nuestro aislamiento con respecto a la misma. Sienten de manera difusa que todo lo que nos saca del puzle del medioambiente va en contra del equilibrio medioambiental. Si rascamos bajo la capa de algodón de azúcar de su difuso sentimiento, puede que encontremos alguna sustancia.

lobo

Hay indicios evidentes que apoyan el razonamiento de los ecologistas científicos o aislacionistas. Basta con observar cómo aquellos ecosistemas menos frecuentados por el hombre se conservan en mejor estado que aquellos en los que solemos disfrutar de nuestro inofensivo tiempo de ocio (playas, rutas de senderismo, etc.). Con estadísticas en la mano, por ejemplo, las poblaciones de grandes carnívoros (linces, lobos y osos) se están recuperando en Europa donde el despoblamiento rural ha sido más acusado, es decir dónde ha fracasado el desarrollo rural. Que el ser humano se está comportando como un agente nocivo para la naturaleza es evidente. Pero la pregunta es, si sólo se está comportando como tal o si es por naturaleza un agente nocivo. La pregunta que deberíamos hacernos es qué es el ser humano en relación a la naturaleza.

El ser humano es naturaleza. El gran drama del ecologismo aislacionista o científico, es que olvida la naturaleza allí­ donde se da a nosotros en primer lugar, es decir en nuestro cuerpo de animal racional. Así­, una ecología concreta tiene el deber de ser una ecología humana en primer lugar, no porque el hombre posea una dignidad que le distingue de los animales, sino porque el hombre es el primer animal, la primera naturaleza con la que estamos en relación, y es a partir del cuidado de esta primera naturaleza como nuestra atención puede extenderse a las demás naturalezas (F. Hadjadj). ¿Qué ecologismo es ese que maltrata al primer elemento de la naturaleza con el que tiene relación encerrándolo en una jaula de vidrio y hormigón, negándole una de sus más profundas vocaciones? ¿Cómo podría dar al resto de la naturaleza aquello que niega a la primera naturaleza? ¿Y cuál es esta vocación? La de cooperar con nuestro esfuerzo con la gratuidad de la naturaleza en eso que llamamos trabajo. Los monasterios budistas o benedictinos, auténticos vergeles de vida, la vida nómada de los indígenas norteamericanos o los bereberes norteafricanos o la más cercana dehesa ibérica, son ejemplos de perfecta integración, adaptación y modificación del medio ambiente por la actividad humana, en perfecta simbiosis. La situación actual de desequilibrio no es más  que una gota, una excepción, en el océano de la historia humana; aunque sea una gota que nos parezca haya teñido todo de negro.

Desde este enfoque, la principal crítica que se puede hacer a la ecología aislacionista o científica frente a la sentimental, es que ha teorizado de tal manera el medio ambiente que lo ha convertido en una realidad abstracta que excluye a su primer eslabón de enlace con el ser humano, que es el ser humano de carne y hueso, el hombre natural. El desarrollo de una ecología científica lleva a la orfandad del ser humano y a una insensibilidad cada vez mayor con respecto a eso que ni siquiera reconoce en sí­ mismo, pues la mayor parte de lo que somos nos viene dado. El problema ecológico, lejos de lo que proclaman los ecologistas científicos, es un problema antropológico.

Siguiendo el mismo hilo en sentido contrario, la crítica que se puede hacer a los ecologistas exclusivamente sentimentales es que pierden el enfoque económico de la relación entre el hombre y la naturaleza. Y es que allí donde nosotros colocamos el comercio y los servicios, los antiguos colocaban la agricultura (1), la más antigua y primordial relación entre el hombre, la economía y naturaleza.

Me imagino argüir a mi amigo con un quizás justo sarcasmo: “Muy bonito, ¿y qué?, ¿piensas meter a la humanidad en un monasterio o hacerla nómada? ¿piensas dar un trozo de tierra a todos los habitantes del planeta y armarlos con un azadón para que recuperen el gusto por la feraz naturaleza? ”

Mi respuesta: no podemos ni debemos volver al pasado, que tampoco fue Jauja. No sé exactamente lo que hay que hacer; pero por lo pronto, parafraseando a Chesterton, viene bien que la gente prefiera la leche que procede de las sucias ubres de una vaca a la que proviene de las limpias estanterías de un supermercado por, como decía Virgilio, ignorancia de las causas.

Cristóbal Garrido Novell.

(1) Algunas citas de la antigüedad sobre la agricultura:

  • Virgilio, en las Geórgicas: “Feliz aquel que ha podido conocer las causas“, en referencia a la agricultura.
  • Aristóteles: “el arte de la agricultura viene antes de todos los demás; después aparecen las actividades que extraen las riquezas del suelo, como explotar las minas, la metalurgia, etc. Pero la agricultura es mayor en el orden de la justicia; porque no es ejercida por los hombres como una profesión arbitraria, como la de los mesoneros o la de los mercenarios, ni como una profesión forzada, como la de los guerreros. Añadamos a esto que la agricultura es mayor en el orden de la naturaleza; porque la madre proporciona a todos el alimento natural; y la Madre común a todos los hombres es la tierra“.
  • Cicerón en “De officiis“: “Entre todas las ocupaciones de las que se puede sacar algún beneficio, la más noble, la más fecunda, la más deleitosa, la más digna de un verdadero hombre y ciudadano libre es la agricultura“.

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